miércoles, 7 de abril de 2010

EL CUENTO DE CLAUDIA (Parte 4)

"ESCLAVA".

Me vendieron como esclava, en un mercado de Tiro, al magistrado Plinio Claudio; fue así como llegué a Tiberíades a la finca de mi Amo, muy cerca del lugar donde había nacido. Fui destinada al servicio personal de la mujer de Plinio, Marcia, la que casi de inmediato me acogió como si fuera su hija. Plinio Claudio amaba a Marcia y procuraba satisfacerla en todo, habían tenido dos hijos, pero ambos habían muerto en batalla sirviendo al César, por esta razón los amos tenían un carácter triste y sombrío. Mi presencia alegró la vida de Marcia ya que para eso fui comprada por su marido, mas el propio Plinio fue indiferente conmigo como lo era con todos los esclavos los que no pasaban de ser, para él, criaturas despreciables y meras cosas de su propiedad.
Marcia me vistió con ropas y tocados romanos que me parecieron hermosos, haciéndome pensar que la vida de esclava no era tan abominable. Fui feliz con mi Ama y ella conmigo, tanto así que comenzó a llamarme por el nombre de Claudia y cuando cumplí catorce años, y "bajó mi sangre", le pidió a su marido que me manumitiera y fuera adoptada como su hija haciéndome ciudadana de Roma; ese fue el único deseo que Plinio negó a su mujer siendo inflexible, a mí no me importó ya que era feliz con lo que tenía sirviendo a mi Ama Marcia y no era de mi interés transformarme en romana. Mi trabajo era agradable, mi ama me amaba, vestía bellos ropajes, andaba perfumada y limpia, y se me permitía orar a vos, Adonay, el Dios de mis padres; no imaginaba una vida mejor que esa. Secretamente seguía tocándome en mis momentos de soledad…….. todo era perfecto.
En el servicio de la casa había otra esclava, Kupta la Etíope. Su piel era oscura y su cabello brillante, largo y ensortijado; era silenciosa, de mirada enigmática; teníamos la misma edad. Kupta era extraña para mí y me inspiraba desprecio el saber que venía de un país tan lejano. La gente decía que los habitantes del sur de Egipto, de más allá del país de Nubia, eran similares a los animales, andaban desnudos y adoraban toda clase de ídolos y demonios.Un día Kupta me sorprendió tocándome, sólo me miró y nada dijo. Recordé la paliza que a los diez años había recibido de mi madre y temí me denunciara al Ama. En realidad no sabía qué pensaban los romanos ante ese tipo de pecados; para mi pueblo, por el hecho de ser gentiles y paganos, los romanos eran vistos como pecadores y se comentaba que en sus ciudades de occidente, en especial Roma, la sodomía y la lubricidad eran abundantes, mas yo nunca vi nada corrupto en la casa de los Claudio (al menos en aquella época) salvo los ídolos a los cuales oraban y ofrendaban. Kupta no me delató y me preguntaba la razón de ello.

En las caballerizas trabajaba Aulo, un esclavo de 20 años que siempre me miraba. Pronto hube de saber que sus miradas brillantes eran de lujuria.
En la tarde, después de mis labores, me permitían pasear por la finca; en una oportunidad me acerqué a las caballerizas y un ruido despertó mi curiosidad; detrás de una gavilla Aulo apretaba el cuello a Kupta con sus manos, casi ahogándola, mientras le arrancaba la túnica, babeándole la cara y los pechos. Fui presa del miedo y salí corriendo de ese lugar. Al llegar a la casa denuncié el hecho con el Ama quien le ordenó a dos esclavos que fueran a ver. Cuando Plinio Claudio se enteró, dispuso que Aulo recibiera veinte azotes en presencia de todos los esclavos de la casa.


Al tercer golpe el joven Aulo comenzó a llorar como un niño, rogando que se detuvieran. Cada azote significaba un surco sanguinolento en su desnuda piel lo que me hizo retirar la mirada. Plinio, al advertir mi estupor, me ordenó con un gesto severo, que debía ver el castigo. Ya me estabais enseñando, Adonay, cual es el duro precio que ha de pagarse por la lujuria, mas vuestra sierva no supo o no quiso ver.
Después de estos acontecimientos encontré en Kupta a una amiga; este lazo se estrechó gracias a dos coincidencias que nos hizo sentir que éramos hermanas. La descubrí, una noche, orando y repitiendo la misma fórmula que mis padres me habían enseñado para invocaros, mi señor. Le pregunté por aquello y entonces me reveló que oraba al Dios de sus padres. Cual no fue mi sorpresa al saber que el Dios de sus padres era el dios de Abraham, es decir vos, mi Señor. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién se lo había enseñado a ella, una etíope?. Me dijo que era el Dios de su país. Yo me extrañé, mas le creí y desde ese día ya no traté a Kupta como idólatra sino como a una hermana de raza. A pesar de su devoción a vos, sus costumbres seguían siendo extrañas y practicaba ciertas blasfemias como hablar a sus antepasados. La otra coincidencia que nos unió fue el misterio concupiscente de nuestras tocaciones en la vulva; Kupta me confesó que lo hacía desde los 9 años; aquello fue como poner fin a la soledad que sentía. Al igual que yo, mi nueva amiga había observado a los animales hacerlo, mas ella no daba tanta importancia a su falta como yo hacía, decía que en ciertas regiones de su país se castraba a las mujeres como al ganado, apenas la sangre bajaba, a fin de que nunca más pudieran sentir aquel deleite. Eso me pareció cruel y atemorizante.
Desde que descubrimos nuestras coincidencias, todas las noches y antes de comer, orábamos acompañándonos e incluso -vos ya lo sabéis, mi Dios- pecábamos juntas con lo de las tocaciones. Nunca más estuvimos separadas y mi dicha fue en aumento, mas dichos pecados no los dejasteis pasar y vuestra mano castigadora pronto se dejó caer como se dejaría caer en múltiples ocasiones sin que yo escarmentara y aprendiera a contener mi lubricidad.Un día Kupta acarició mis vergüenzas, yo le devolví su dulce ternura haciendo lo mismo en su vulva ¡que delicioso era aquello¡. Soñé que viviría por siempre con Kupta, mi nueva hermana, en este hogar y que el Ama Marcia sería desde ahí y para siempre, nuestra solícita madre. Esta situación se mantuvo por tres años más hasta que nuestra Ama enfermó; contrajo la peste que se había extendido por toda Galilea y que ya se había llevado a 5 esclavos de la finca. El Ama murió padeciendo fiebres y desvaríos, sumiéndonos a Kupta y a mí en una profunda melancolía.
CONTINUARÁ.

3 comentarios:

- CONTRABAJISTA, AÚN - dijo...

esta bueno, recreando la historia
yo sigo recreando a las putas ejje

Aelfwine dijo...

Interesante.. Faltará ver como concluye.

Saludos.

leonor dijo...

ahí va un poema