viernes, 28 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 5 ).

Nos soltaron y nos acostaron de bruces, cuan largos éramos, en el suelo. Ambos respirábamos agitadamente, pero mi compañera parecía estar medio desmayada. Todo me daba vueltas. Pensaba en el dolor de esos verdaderos mártires cristianos, en los enjuiciados por la inquisición, en todos los torturados a lo largo de la historia por dictaduras infames y siniestros regímenes y en el mismo Cristo durante su flagelo. Me faltaba el aliento para pronunciar alguna palabra, la palabra "Crucim". Julia se acercó a mí y me dijo que aún faltaba más. Un castigo tan implacable no podía terminar en una crucifixión con clavos, estos habían sido compensados con el salvaje flagelo, de alguna forma había llegado a esa conclusión que calmó mi terror de ver traspasadas mis carnes por el metal. La joven no parecía reaccionar. Sentí una compasión tan grande por ella que haciendo un esfuerzo me moví, gateando, hacia donde estaba; no pensé en su novio ni en Julia ni en Sandra. Cuando le estaba sosteniendo la cabeza, Julia, agarrándome una oreja, me abofeteó fuertemente, provocando risas y comentarios en el público. Recibí una lluvia de cachetadas que reactivaron mi alicaído y herido orgullo, pero no lo suficiente para insultarla o gritar la palabra "Crucim" ya que la fatiga me lo impidió.
Julia me esposó las muñecas, una con otra por delante y, con la ayuda de Sandra, fui, otra vez, puesto con los brazos en alto y en punta de pies, con mi cuerpo estirado. Tenía frente a mí a mi verduga vestida de negro con una tenida deportiva que dejaba su vientre musculoso y sus brazos al descubierto, lo mismo que sus piernas. Me pregunté por qué usaba guantes ya que no rimaba con esa ropa de chica fitness. ¡Que piernas tenía!, morenas y llenas de nudos y pliegues musculosos como los de una ciclista; me dije a mí mismo que se habría visto genial crucificada desnuda, ¿lo habría pensado ella alguna vez, habría fantaseado con ser una crucificada?, nunca se lo había preguntado.
Comenzó a pasar las enguantadas manos por los vellos de mi pecho, como jugando con ellos, para luego pellizcarme las tetillas y retorcérmelas. A cada ay de dolor, ella me mandaba una implacable cachetada. Estuvo así tres o cinco minutos, no lo sabría precisar. Luego comenzó a hacer lo mismo, pero esta vez con mi escroto; lo pellizcaba y retorcía y luego reprimía mis quejidos con una cachetada. La cobardía y el miedo me invadieron al temer que golpeara mis pelotas o lastimara mi instrumento. La gente sonreía y vi que muchos se calentaban con lo que presenciaban. Noté como una mujer de unos cincuenta años comenzaba a acariciar la entrepierna de un tipo que estaba a su lado y a una joven rubia que recibía los manoseos de su novio en su espalda y trasero; la misma Sandra sobajeaba el culo a Julia mientras ésta me castigaba. Me espanté cuando la diabla sacó de no sé dónde un alicate ante el cual comencé a rogar piedad; mas, para mi sorpresa, me iba a aplicar una tortura que yo mismo había soñado innumerables veces y de la cual le había hablado a ella a través de las cartas. Con la herramienta agarraba gruesas matas de mi vello púbico y me las arrancaba, o me tiraba y retorcía de ellas hasta hacerme gritar. La excitación fue grandiosa y mi pene a media asta, subió otra vez a grandes alturas. Con dicho tormento mis quejidos podrían haber sido calificados de agridulces: dolor mezclado con placer. Era un sufrimiento perfectamente soportable no como el castigo demencial al que habíamos sido sometidos minutos antes. Después de eso, mi verduga me miró a los ojos y me besó los labios, pidió una botella de coca-cola semicongelada y me dió a beber un poco. Fue el trago de bebida más dulce y refrescaste que tomé en mi vida y, en ese instante, sentí que Julia era la mujer más maravillosa de la creación y el ser más digno de amar. Pero era otro de sus engaños, me había dado una tregua porque venía la segunda parte del vapuleo.
El sujeto arrojó un balde de agua sobre la chica, que aún estaba descansando en el suelo y, acto seguido, la tomó del cabello y le comenzó a propinar una seguidilla de bofetadas en la cara. El tratamiento fue similar al que me había dado Julia, aunque para mi gusto, mucho más cruel y excitante. La joven, atada de manos, era estrujada y sacudida de sus nobles tetas y parecía que cuanto más gemía el sujeto más duro le daba. También le arrancó pendejos del púbis usando el alicate. Luego de un cuasi estrangulamiento que la obligó a sacar la lengua, fue colgada junto a mí como la vez anterior, atados uno a otro por la cintura, pero en ésta oportunidad, espalda con espalda. Sentí la piel de la chica pero no su nuca, debía estar con la cabeza inclinada hacia adelante, avergonzada; no dejaba de sollozar y tampoco de recibir pellizcos en los pezones de parte de su cariñoso novio.
Ahora venía la azotaína por delante; ésta dolió tanto como la anterior y nuestros gritos se confundían. No se llevó la cuenta de los golpes, a pesar de eso tengo la impresión de que no fueron tantos y que pronto terminó. El público, esta vez, no aplaudió y estaba en silencio, mirándonos con ojos de borrego degollado. Debían estar impresionados o muy excitados. También se me ocurrió que habían adoptado una actitud de "respeto" hacia nuestro sufrimiento, a la vez que de admiración; era eso o estaba alucinando por tanto dolor que no terminaba. En una secuencia rápida, se me pasaron por la cabeza imágenes que había visto en el cine, de personas semidesnudas y torturadas; ahora yo estaba viviendo dentro de mi propia película. Había sido duro y a veces placentero, pero otra vez volvía la preocupación por el asunto de los clavos; no sabía si esa demoníaca Julia tenía preparado ese punto. De nuevo me auto tranquilizaba diciéndome que si era acostado en la cruz y veía los clavos entonces gritaría con todas mis fuerzas la palabra "crucim" , y todos habrían de respetar mi decisión.
¿Estaba la española dispuesta a ser clavada?. Era una mina tan delicada y bonita que ya no me parecía agradable presenciar la escena de ella retorciendo su desnudo y sudoroso cuerpo a cada martillazo; había recibido una paliza igual a la mía, pero el sufrimiento de ella lo encontraba mayor. Quería pensar que era víctima de ese bruto español, una chica tonta y con poca experiencia de vida que había caído en estos juegos por estupidez e inocencia; no era como yo que siempre había tenido esta fijación y estaba recibiendo lo que había buscado. Yo solito me metí en esto y ahora tengo que asumir así me cague de dolor- me decía. Julia parecía tener razón, ¿sería que el hombre era más digno de la cruz que la mujer?. De alguna forma yo me estaba resistiendo y no me iba a rendir; pero no, yo mismo había visto que cuando castigaban a la chica el público vibraba de lujuria, ella era el espectáculo y yo tan sólo el telonero. ¡Que siniestro¡ ahora que lo pensaba, las palabras de Julia tenían sentido; yo era el ladrón que estaba en segundo lugar en el cuadro de la crucifixión, y como ella había dicho, mi desamparo, ultraje, degradación y sufrimiento era mayor. Cuando pensé así, miré a mi verduga y vi que estaba dándose un apasionado beso con lengua con Sandra, parecían unas medusas siniestras o súcubos. Seguramente era una especie de tarado para ellas, un mero instrumento de su placer. Mi abismo se acercaba. ¡Que absurdos pensamientos¡ sin duda era un delirio provocado por el miedo; de nuevo aparecían los clavos, ¿y es que acaso no estaba la palabra de seguridad para salvarme?, ¿o es que me estaba gustando la idea de ser crucificado así?.

Julia se acercó a mí con un vaso de bebida y me dió a tomar, luego hizo lo mismo con la española. No podía ver en qué estado había quedado la chica, pero no sentía su nuca tocar la mía por lo que era dable suponer que seguía con la cabeza inclinada. Sentía su respiración entrecortada, ya sin sollozos.
La mano enguantada de la demonia súbitamente apretó mis mejillas lo que me produjo un sobresalto, luego hundió los dedos en el cuello, a la altura de las carótidas, mas el estrangulamiento no se prolongó; bajó su mano hasta mi pecho el cual acarició muy tiernamente.

-Lo haces genial, bebé, eres mi ídolo, mi Cristo personal, me vuelvo loca de excitación. Si llegas al final jamás te olvidaré- me susurró al oído. Su acento mexicano y las caricias me produjeron una calentura extraordinaria, pero otra vez, súbitamente cambió la actitud, ¡como se divertía conmigo¡. Me tiró de los vellos del pecho hasta que lancé un quejido momento en el cual me dió una cachetada. De nuevo aquel jueguito humillante. Siguió con las orejas, retorciéndomelas salvajemente hasta que me hacía gritar y de nuevo ¡plaf¡. Luego los vellos axilares lo que me produjo gran dolor por lo que se detuvo bastante tiempo allí en mis sobacos. Bajó al escroto para pellizcármelo y lo mismo. Cuando ya el vaivén de cachetazos y pellizcos me tenía a punto de llorar por la humillación, me corrió el prepucio hacia atrás y comenzó a apretarme el glande con sus dedos pulgar e índice lo que me hizo llegar a un remanso de placer. Julia me estaba dando una lección de cómo debía dosificarse el dolor intercalándolo con el gozo, compensando de esta manera una cosa con la otra. Ciertamente era una maestra y debía rendirme necesariamente ante ella.
La chica española fue desatada y yo continué allí con los brazos en alto. Su novio le dió de beber más líquido y también hizo el complemento respectivo de sobajeos y caricias; la joven suspiraba no sé si de placer o de cansancio, o por la dos cosas. Julia hizo un ademán de tomarla por el pelo a lo que el novio reaccionó. Le dijo algo al oído a mi verduga, creo que le recordaba la norma de que sólo él debía torturar a su chica.
Los cuatro estaban ante mí: mis dos castigadoras, el sujeto y mi compañera de suplicio atada de manos por detrás. A una señal de Julia, el español comenzó a cachetear a la joven brutalmente: le tiraba de las tetas, se las apretaba, le daba con el cable de caucho en las nalgas sin tregua. Ella, entremedio de un griterío y sollozos, se arrodilló en el suelo hasta quedar en posición fetal tratando de cubrirse del ataque. A otra señal de Julia, el tipo detuvo el castigo y en voz alta y para que todos escucharan me dijo,

-La paliza que le damos a ésta condenada no se detendrá hasta que no declames, en alta voz para que todos escuchen, una poesía en homenaje a ella, declarándole tu admiración. Los versos debes improvisarlos, no se te pide nada difícil, no debe ser algo sofisticado, incluso puedes incluir obscenidades y groserías, así te será más fácil.

No podía creer lo que escuchaba, era lo más insólito, absurdo, ridículo y humillante que podía imaginar.

-Te advierto que si dices la palabra de seguridad y te sales de "la pasión", no la liberarás a la condenada de la paliza y el resto del flagelo lo redoblaremos hasta que llegue al borde de sus límites.

-Estás loca, bruja de mierda.

Apenas dije eso, comenzaron a caer sobre la joven una lluvia de fustazos sin control.

-No recitaré nada.

Mi pene se había bajado y yo estaba realmente enfurecido, sólo me quedaba gritar "crucim". El novio, dejando el cable, hizo poner de pie a su novia llorosa y, tomándola de la punta de sus senos, comenzó a levantarla hacia arriba. El era muy alto y fuerte y ella baja. Tanto la levantó el hombre que la chica estaba en punta de pies cuando dijo a Sandra,

-Colgaremos a ésta guarra de las tetas, traedme una cuerda.

Al escuchar aquello la joven dió comienzo a unos chillidos desesperados a los cuales él respondía con salvajes sacudidas a sus pechos. El resto del público estaba muy callado e impactado. Sandra y Julia reían. La gente comenzó a mirarme y yo no sabía qué hacer. Esperaba que la chica gritara la palabra de seguridad para que todo se acabara, pero esperé en vano, ¡que masoquista era¡. Recitar atado de los brazos, empelotas, delante de toda esa gente y en esas circunstancias era algo demasiado humillante. Era una maldita perra esa Julia. ¿Qué hacer? no se me ocurría nada, ¿qué diría?. La creatividad se me había ido y los alaridos de la española no me ayudaban, sólo me ponían más nervioso. Esto ya no era erótico; debía improvisar algo rápido para la pobrecita. Julia había dicho que valía cualquier cosa aunque fuera obscena. Cerré los ojos, suspiré y me lancé.
CONTINUARÁ.