viernes, 26 de diciembre de 2008

BEBIDA AMARGADULCE .

Todos tenemos nuestra bebida amargadulce, la calma dolores, la anestesia necesaria y fundamental que nos permite resistir el camino de nuestro "Gólgota". Cada uno, y sólo uno, sabe cuál es la suya y si no lo sabe es que está simulando no saberlo ya que cuando no tenemos una de estas bebidas la inventamos.
Es bebida amarga-dulce, amarga y dulce, las dos cosas a la vez, simultaneamente. Es dulce porque es un alivio, un pequeño gustito en el paladar que nos permite dejar de pensar (por unos minutos) que vamos directo al cadalso; si no nos da energía, nos hace creer al menos que la recuperamos; si no nos da un placer absoluto, nos proporciona una brizna de frescor al calor infernal y a la sequedad de nuestra garganta. La bebida es también brebaje amargo ya que no es medicina y no quita los dolores, sólo es droga calmante y por ende colaboradora del vacío insufrible que se acerca. Es amarga y agria porque sabemos de antemano que no sacamos nada real, ni útil al beberla; es amarga porque su sabor dulce sólo sirve para que la tortura se alargue y parezca eterna. No se debe uno enviciar con esta bebida ya que de lo contrario no cumplirá con su función de calma-dolores y se transformará en "la bebida de los dolores", pero no podemos prescindir de ella; el que lo pueda hacer, que lo haga, que demuestre lo que quiera demostrar, allá él.
En ciertas etapas del camino la bebida se hace más necesaria que en otras y dicha necesareidad, dependerá del grado de resistencia que tengamos y del nivel de nuestro sufrir, todo lo cual es particular de cada uno, por eso nadie te puede juzgar, sólo tú sabes de tus dolores y de tu bebida.

viernes, 19 de diciembre de 2008

LA MUJER LLAMADA YEGUA .

Interesantes diálogos tengo con Maritxu, ella es de Bilbao, País Vasco y su fantasía utópica es vivir en un mundo donde las mujeres sean consideradas animales, más específicamente, animales de tiro o utilizables en el trabajo, o como ella dice, una yegua.
En la fantasía de Maritxu las mujeres deben tirar del arado con una yunta de bueyes en la cabeza, tirar carruajes, ser animales de carga o constituir un engranaje de algún artefacto mecánico en que el trabajo físico de la yegua sea el factor de movimiento ¡vaya fantasía¡ demanda una cuota importante de esfuerzo y ejercicio el llevarla a la practica, eso sin contar con los estimulantes azotes que ella imagina caerían en su desnudo cuerpo brillante de sudor, para así acelerar la faena. En el delirante mundo de Maritxu las yeguas tendrían prohibición de hablar ya que los equinos no hablan, pero si habría libertad para gritar, llorar, quejarse y, como no, relinchar. No llevarían más vestidos que los arneses, correas o alguna cuerda o cadena para someterlas. No podrían faltar las riendas en la boca para poder direccionarlas si es que de tirar de algún carro se tratase, así como tampoco los aros atravesados en la nariz y en los pezones. El sello de sus dueños quedaría estampado en sus nalgas o espaldas con hierros candentes.
-Maritxu ¿por qué te gusta esa fantasía de Pony girl?
-Pues porque me pone cachonda- me contesta ella.
-pero ¿por qué? ¿cómo, el hecho de imaginar ser una yegua se conecta con tu placer sexual?-
-Tío, yo qué se, no se explicarlo, sólo sucede. Hago juegos con mi novio en que yo actúo como yegua y él me llama potranca, me hace cargar cosas, me pone riendas en el hocico, me azota la grupa y me mojo toda, enloquezco de placer.
Maritxu se molesta cuando insisto en preguntarle las causas últimas (o primeras) de sus calenturas ; goza con hablarme de ellas, se moja haciéndolo, pero no tolera escarbar dentro de sí para saber cómo nace todo; se lo reprocho. Una vez la llamé "superficial"; no creo que mi amiga sea una mujer superficial, pero lo hice a fin de irritarla e impelerle a que me hablase de las causas. Se que no es fácil hacerlo, requiere algo de esfuerzo, pensar mucho, revisar la historia personal y, por lo demás ¿qué importa? ¿qué utilidad tiene saber del mecanismo que acciona lo placentero? (las mujeres son tan practicas y concretas).
-joder ¡que preguntas haces¡ no soy ninguna supeficial eh. Me gusta ser llamada yegua, no se bien por qué. Desde pequeña admiré a los caballos; su porte, su apostura, la firmeza de sus músculos, la fuerza y, en cierto sentido, su arrogante orgullo. Como a los 13 años fuí testigo, en el campo de mi abuelo, de la cópula entre un caballo y una yegua. Me impresioné con la verga del macho, con los bufidos de las dos bestias. Fue la primera vez que me humedecí con la imagen de esos animales. Quiero igualar a las yeguas; tal vez tengo la misma fuerza de ellas; quiero ser admirada como se admira a una yegua, en ella todo es grande; el tamaño, la grupa, el útero, los relinchos; son animales formidables y, ahora que lo pienso, (que me obligas a ello, tío) el hombre los admira tanto que por eso los debe someter; quiere tener para sí esa fuerza, el hombre quiere ser dueño de ese porte, de la grupa, de la fuerza vital de ellas y así quiero ser poseída, así deseo ser tratada por un hombre, porque mis calenturas son la de una bruta y preciso ser domeñada, que se me dirija la vitalidad, por eso deseo ser llamada yegua. Cada vez que mi novio lo hace o me golpea las nalgas, relincho de dicha hasta babear de puro placer. Me doy el lujo de volver a la pureza de nuestros más remotos ancestros. ¡Mira tío, todo lo que me has sacado¡, ahí está la respuesta que buscas, es la pureza, eso es, siendo yegua soy pura, soy yo misma, la original. Vamos, que va, llamadme yegua otra vez, jajajajajaja.

viernes, 12 de diciembre de 2008

JULIA SÁDICA (Final).

Julia pidió al público que entrara a la casa, allí se habían preparado unos aperitivos y unos videos sadomasoquistas que ella había llevado para la ocasión. Quedamos los dos tirados afuera, incapaces de movernos por la fatiga. Al cabo de unos cinco minutos, los tres verdugos aparecieron acompañados por unos hombres. Uno de los tipos, que al parecer era médico, nos revisó. Fuimos auscultados con un estetoscopio y se nos tomó el pulso. No sé cuál fue la conclusión del supuesto doctor, pero al parecer estábamos bien y resistiríamos más tormentos. Quedamos tirados por otros quince minutos ¿qué seguiría ahora?, ¿había terminado el flagelo? Julia me acarició la frente y con un pañuelo húmedo me limpió la cara. Me dió un imperceptible beso en los labios y masajeó lentamente mi pene, luego acarició mis testículos, casi sin tocarlos.

-Esto te hará bien, cielo. Ya llegará tu momento, lo estás haciendo excelente, resistirás.
-Julia ¿habrá clavos?.
-Habrá todo lo que tú y yo hemos soñado.

A ambos nos levantaron, casi no podíamos sostenernos ni caminar. Nos ayudaron a avanzar hasta un pozo. Nos ataron de los pies y nos colgaron de cabeza. Abajo de nosotros estaba el abismo negro de ese pozo. Era muy profundo. Una caída de esa altura nos habría matado, tal vez serían unos cuarenta o cincuenta metros.
Una de mis fantasías de adolescente -o más bien, pesadilla- era que resultaba condenado al infierno por lo que era arrojado a un abismo insondable, totalmente desnudo, como castigo eterno. En los momentos previos a ser lanzado, tenía temor, pero al mismo tiempo deseaba esa condena, quería ser arrojado allí, ¿no sabia por qué?, ¿tal vez para ver cómo era abajo en el fondo del abismo?. Cuando me lanzaban, la sensación de ser tragado por la oscuridad me aterrorizaba, pero al mismo tiempo me hacía sentir placer.

Y allí estaba yo, sobre mi propio abismo, un pozo de regadío, colgando empelotas al lado de una chica en las mismas condiciones. Éramos dos animales en los momentos antes del sacrificio, dos pedazos de carne colgando como en un frigorífico. La verdad, resultaba bastante terapéutico estar de cabeza después de haber recibido esa cantidad de golpes en los pies. Se sentía bien.
Por un sistema de poleas nos fueron bajando lentamente. El lugar era fresco, húmedo, oscuro y el aire iba enrareciéndose conforme descendíamos. Fue una gran una dificultad incorporarse ya que nos metieron de cabeza al agua y nuestros tobillos estaban atados. El pozo era profundo en su centro. Pensé que me ahogaría. A la chica le fue aún más difícil y hube de ayudarla. La tomé por debajo de sus brazos y nadé como pude hasta la orilla, allí el agua nos llegaba hasta la cintura y podíamos estar de pie. En la pared había una pequeña saliente o cornisa en la cual nos sentamos. Por el aire enrarecido el lugar olía mal, mas no parecía sucio, ni contaminado. Se trataba de una napa de agua, salida de las entrañas de la tierra y que era usada para el regadío del campo y del extenso jardín de la casa. Ambos nos sentamos en la saliente de la pared y nos quedamos abrazados y en silencio por un rato. Era refrescante estar allí si considerábamos que en la superficie había una temperatura de unos 30 grados Celsius ya que era verano.
Mi fantasía del abismo era un hecho. Estábamos en un lugar lúgubre, con aguas negras y despojado de ropas. Había experimentado un infierno allá arriba; me sentía tragado por esa oscuridad, sometido y víctima. Lo mejor de todo era que mi infierno era compartido por esa mina que tenía a mi lado: desnudita, temblorosa y tan masoquista como yo. Un irrefrenable deseo de ser cariñoso y tierno me impulsó a besarla en su cabeza y frente, quería ser su consolador. La chica se llamaba Isabel y resultaba que ya nos conocíamos, habíamos tenido contacto virtual por mail. Ella era la chica que había desaparecido en el cyberespacio y que fantaseaba con ser crucificada. Me contó que había dejado de escribirme ya que había encontrado a ese novio que ella llamaba amo. Tenían una relación d/s (dominio y sometimiento); el tipo la sometía a innumerables humillaciones y servidumbres lo que no era de su gusto según me confesó. Isabel era como yo; era una sadomasoquista y, al igual que Julia, la iconografía religiosa, católica -y puede que la educación y la cultura- habían influido mucho en ella. Los videos de mujeres gritando y retorciéndose al ser torturadas que había encontrado en internet la ponían "cachonda" como era su decir.

-Soñaba con ser ellas y con un hombre bruto haciéndome sufrir. Me gusta saber que hay tíos y tías que se excitan cuando yo me retuerzo por el dolor.
-Y ¡vaya¡ que lo has logrado, Isabel.
-Sí- dijo, sonriendo por primera vez. A ella no le gustaba su amo ni ser su sumisa, tan sólo se había ligado con él en la esperanza de que un día la transformara en una “Jesusa en la pasión”. Ella le había insistido mucho con este asunto hasta que se enteró de que se estaba preparando un encuentro internacional del Club en Sudamérica, con crucifixión incluida. Se lo hizo saber a su amo y este se entusiasmó; de hecho él había costeado el viaje de ambos y se había puesto en contacto con Julia para acordar que la víctima fuera Isabel. La chica quería dejar a su amo, le resultaba fastidioso, no por su sadismo por cierto, sino por ser tan dominante, absorbente y tratarla como a una sirvienta; lo había soportado tan sólo esperando la "pasión". Isabel decía haberlo pasado muy bien hasta el momento a pesar de que, a veces, también estuvo a punto de pronunciar la palabra "crucim". Yo no dejaba de sorprenderme al escucharla contar todo eso tan suelta de cuerpo. Le comenté mi preocupación por ella, a lo que me respondió que se había dado cuenta, me lo agradecía y que mi ternura la ponía "cachonda". Le dije que ella también me ponía "cachondo" por su fragilidad, su sufrimiento y por la voluptuosidad con que vivía su suplicio y, claro está, al ver su cuerpo ser flagelado.

-Eres muy linda, Isabel, me hubiera gustado vivir allá en España para haber sido tu amo.
-Y a mí ser vuestra puta esclava; venga, tío, fóllame que ya no doy más.

Estaba a punto de reventar de tanta excitación. Con avidez le lamí su vulva y toda su entrepierna. Cuando le chupaba el clítoris, los gemidos de ella rebotaban en nuestro abismo produciendo eco y calentándome todavía más; luego le metí la lengua por todos lados: vientre, ombligo, pezones, cuello y hasta su cara. Ella se dejaba hacer, gimiendo como posesa ¡que chica más ardiente¡. Mis caricias y besos se fueron haciendo más bruscos por lo que dió muestras de dolor ya que tenía, al igual que yo, el cuerpo delicado por los azotes recibidos, mas ella me pidió que ignorara aquello ya que le gustaba y que deseaba regalarme esos pequeños dolores. Me dieron ganas de darle nalgadas pero me contuve. La pobre había recibido demasiado, debía descansar ya que ahora vendría lo peor. La hice arrodillar en el agua para que me felara. Con delicadeza me lamió las pelotas y luego se metió toda la salchicha en la boca como hambrienta. Mientras le acariciaba el cabello ella chupaba ininterrumpidamente hasta que me hizo eyacular. Creo que torcí los ojos de tanto placer. Bebió todo mi esperma y estuvo todavía, un buen rato lamiéndome el glande. Después de eso quedamos en el agua, abrazados sintiendo la calidez de nuestros cuerpos. Al cabo de unos minutos Isabel interrumpió su silencio y dijo:

-Si me dejaran morir aquí al lado tuyo, en éste pozo, moriría feliz, aunque después sufriéramos hambre y frío, y aunque la desesperación te hiciera agredirme y te volvieras malo conmigo.

Le hablé de mi fantasía del abismo y del extraño placer-terror que sentía cuando la boca negra me tragaba. Me contó que había tenido fantasías similares; que era condenada por algún crimen y se le enviaba a un mundo subterráneo para siempre, sin ver la luz del sol, desnuda y marcada con un hierro candente con un signo de oprobio. Se la sometía a trabajos forzados y continuas torturas y abusos. Todo el panorama era horroroso y le provocaba espanto, pero muy en el fondo se sentía feliz de ser condenada de por vida. Se veía a sí misma -como si se desdoblara- en la escena cuando se le arrancaban las ropas y era arrojada al mundo subterráneo en medio de sus gritos de desesperación, implorantes de piedad.

-Cuando soñaba eso siempre me masturbaba- Decía Isabel. Sentí un irrefrenable deseo de besarla, de estar haciéndolo por horas y de amarla de verdad. Le pregunté si sabía algo con respecto a los clavos. Lo ignoraba y tenía miedo. Tampoco deseaba morir o quedar lisiada. Le confesé que tenía el mismo temor. Aunque estaba temerosa, su miedo mayor era a no ser capaz de pronunciar la palabra de seguridad cuando se dispusieran a clavarla.

-Siento que cada vez me gusta más. Sé que es un riesgo ser colgada de clavos, pero ¡ joer¡ me da placer, que se le va a hacer.

Comenzaron a correr lágrimas por sus ojos; se sentía contrariada.

-Debo ser una loca ¿no?.

Me partió al alma cuando dijo aquello, yo sabía perfectamente de esa lucha interna y de esa soledad.

-Ya somos dos, Isabel. Estamos condenados al sufrimiento, sólo nos queda confiar.
-No es que me de placer el dolor, no me gusta, me duele, pero siento que nací para esto, me emociona la idea de que alguien goce con mis tormentos ¡Dios¡ ¡que loca soy¡

Procuré consolarla. Sí, con Isabel, sí que éramos almas gemelas. Su desconsuelo me llevó a la ternura y ésta a la lujuria otra vez. Estuvimos mucho tiempo "follando" -como decía ella- mientras lloraba. Realmente estábamos hipercalientes. Cuando terminamos le dije que era feliz en ese abismo,


-Yo también- dijo, y nos quedamos abrazados, sentados con el agua hasta el pecho.
Nos hundimos en el agua como si una criatura nos hubiera atrapado de los pies. En cosa de segundos estábamos invertidos y nos subían hasta la superficie. Arriba estaban las dos cruces a un costado, apoyadas en un árbol. Se asaba la carne y los espectadores charlaban animadamente, tomaban copas de vino o fumaban. El sendero que debíamos recorrer cargando la cruz ya estaba sembrado de trozos de cables eléctricos. Mientras ultimaban los detalles, vi que los ojos de Isabel se ponían grandes y nerviosos, puse un brazo en su cintura y entrelacé la otra mano con la suya. Se me había olvidado que tenía un amo, sólo quería que se tranquilizara y hacerla sentir acompañada. Sin que me percatara, Julia se acercó a mí, por detrás, y me enlazó el cuello con un cable eléctrico, haciendo torniquete con un palo. La asfixia me poseyó irremediablemente y sacaba la lengua tratando de respirar. Me hizo arrodillar y luego poner la frente en el suelo, acto seguido, con el mismo cable, amarró mis manos por detrás. No le habían gustado para nada mis muestras de cariño hacia Isabel; a ésta, su amo también la hizo ponerse en igual postura que la mía, pero sólo después de retorcerle los pezones y darle tres cachetadas en cuanto gimió. Lo dos quedamos inclinados y humillados a los pies de nuestros verdugos.
Julia convocó al público para que se acercara. Anunció el inicio del camino a la cruz. Daríamos siete vueltas alrededor de la propiedad, por el sendero trazado, cargando el madero. Los que desearan podrían seguirnos en nuestro vía crucis y estaban autorizados para manosearnos y golpearnos durante el trayecto si es que nos deteníamos a descansar. Los demás seguirían socializando al lado del asado. El periplo terminaría en ese mismo lugar, en el que se nos crucificaría. Ante nosotros (ya colgados), comerían y beberían para luego completar el festín con un gang-bang u orgía.
Nos hicieron poner de pie. Se nos pasó una cuerda por el cuello. A Isabel le colocaron en cada uno de sus pezones y labios vaginales, pinzas de las cuales colgaban unos pesos de plomo, al parecer dichas pinzas estaban bastante apretadas ya que Isabel arrugó su rostro en señal de molestia. Por mi parte, Julia rodeó mis genitales con una abrazadera de metal y apretó fuertemente. Inevitablemente el miembro creció y se endureció. Me hizo abrir la boca y sacar mi lengua para colocarme una pinza en ella, eso me obligaría a tener la boca abierta todo el trayecto, así se me secaría la garganta rápidamente y me vería ridículo y escarnecido.

-Cada vez que te detengas le daré vueltas al tornillo, jajajajaja. Tu falo se verá grande y precioso.

La carcajada fue coreada por la audiencia y yo cerré los ojos para no tener que mirarlos. Considerando lo agotados que estábamos por la azotaína recibida el peso de la cruz, los latigazos que nos seguirían dando y el calor propio del verano, el vía crucis se vislumbraba como un infierno. Pobrecita Isabel, su fatiga sería peor que la mía.

-Julia, ¿habrá clavos?
-ya lo verás, bebé.
-si los hay diré "crucim".
-jajajajajajajaja .
-------------------o------------------.

Los que siguen el vía crucis están armados con cables eléctricos. Los azotes que nos dan cuando nos detenemos son tan brutales como los que nos propinan los verdugos. Empiezo a ver en la espalda y nalgas de Isabel marcas violáceas y coloradas, su piel está a punto de romperse y sangrar; mi espalda y trasero están otro tanto. Isabel cae al suelo y, como Julia advierte que ha recibido demasiados latigazos, comienzan a castigarla con un torrente de pellizcos, bofetadas y sobajeos brutales por todo el cuerpo. Forzosamente tengo que detenerme ya que mi compañera va adelante. Yo también recibo mi merecido. Mi verduga da cinco vueltas al tornillo de la abrazadera y comienza a azotarme. Estoy llorando de dolor, rabia y miedo. Caigo de rodillas y estoy a punto de gritar el "crucim" cuando Julia inclinándose me quita la pinza de la lengua, besa mis labios, me da a beber agua y libera mis genitales de la argolla de metal. Da una suave lamida a mi glande morado y casi estrangulado.

-Julia, no tienes que hacer eso, voy a pronunciar el "crucim", me salgo de esto.

Me pone su dedo índice en mis labios indicando que me calle.

-No puedo más, Julia.
-Sí puedes y lo harás por mí.
-No sabes lo que se siente, no quiero clavos que taladren mis pies y manos.
-Bebé, sí lo sé, y por eso me excitas, mi amigo, porque sé lo que estás viviendo y lo que vivirás. Provocarás el orgasmo más grande que haya experimentado jamás, me vuelves loca, ya lo estás haciendo, sé como sufres, corazón y me gusta.
Julia se quita uno de sus guantes y, al mismo tiempo, una zapatilla y me muestra su mano y pie desnudos. Tiene una cicatriz en la palma y otra en el empeine a ambos lados.

-Yo también estuve allí, cielo ¿qué me dices?, ¿te sacrificarás para mi placer, cumplirás tu destino de condenado?

Sudando helado digo,

-Has lo que quieras conmigo, Julia, soy tu víctima- Acto seguido, inclino mi cabeza humillado, me levanto, cargo mi cruz con resignación y continúo la vía dolorosa. Estoy en mi abismo.
FIN.


sábado, 6 de diciembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 6) .

¡Oh¡, joven moza española,
no grites así que me partes el alma,
consuélate,
estoy aquí acompañándote en tu dolor, resiste,
bebamos juntos este cáliz, se mi puta hermosa;
tu piel lozana y tus formas curvilíneas transforman en roca mi falo,
tu olor de hembra sacrificada me enloquece.

Apenas comencé ese montón de imbecilidades, el sujeto se detuvo en el castigo. Por un instante se me fue la creatividad y el tormento se había reanudado para la chica, pero casi de inmediato tuvo que parar porque de mi boca fueron saliendo más y más boberías de no sé donde.

Creo que ya te amo, joven española,
siempre te soñé, así, tan puta, tan masoca y tan rebonita.
Quiero saborear tus pechos,
pasar mi lengua por tu concha peluda.

Todos estaban en silencio. Abrí los ojos mientras declamaba. Frente a mí estaban las tres mujeres: Sandra, Julia y la española.Vi a cada una de ellas. Inevitablemente me puse a compararlas. Julia; tan morena, erguida, musculosa, su vientre era un juego de duras barras de chocolate y me miraba con esos ojos negros y profundos. Sandra, más alta que su ama, sus ojos intensamente azules no conseguían ser profundos como los de Julia, sus enormes tetas y culo la hacían tan deseable, su vientre era blandito y algo abultado, pero no por eso dejaba de llamar mi lujuria. Y, finalmente, la joven condenada, desnuda, atada, cabizbaja, haciendo hipos; sus tetitas temblaban, y en su piel comenzaban a notarse los marcas violeta de los golpes dados con el cable eléctrico, tenía las piernas cruzadas como si con eso pudiera cubrir su desnudez, claramente estaba avergonzada, eso yo lo sabía bien, podía sentirlo; no levantaba su cabeza, no quería mirarme, creo que tenía vergüenza ajena por el ridículo que me estaban haciendo pasar. Durante unos segundos levantó su vista para fijarla en mí y luego volvió a bajar la cabeza. Esa vergüenza ajena la tomé como una muestra de solidaridad. Comparé a las tres mujeres. Las tres me gustaban: Los tres cuerpos eran maravillosos y apetitosos, pero yo me quedaba con el marchito y derrotado. Odié a Julia y, por añadidura, a su babosa amiga, por lo que había ideado para humillarnos. Había llegado a evitar que siguieran moliendo a golpes a la chica, pero sabía que era una tregua momentánea y que después el flagelo continuaría, ¡maldita perra¡.

Flor marchita,
ya no llores tu desamparo.
De todas las putas presentes,
eres la más noble y, ciertamente, la más bella,
no hueles a perra,
ni a babosa servil ,
eres la única digna y por eso,
sólo tú eres mi favorita.

Mientras recitaba sólo miraba a la joven ante lo cual Julia comenzó a dar muestras de inquietud. Recibí un azote en el abdomen que casi llega a los testículos.

-Basta, prosigamos- dijo, Julia. Me desataron y fuimos puestos de espaldas en el suelo, con nuestros pies en un cepo de madera, uno al lado del otro. No podíamos movernos. Julia me miraba furiosa, entonces me di cuenta de sus celos. ¡Vaya¡ la bruja se había puesto celosa ¡que vanidosa¡ ¿Acaso creía ser la única mina bonita del Club?. Ella misma había ideado ese absurdo del poema, yo no era el culpable. Se puso al lado mío, me miraba hacia abajo con desprecio. Colocó su pie, calzado por una zapatilla encima de mi cara y lo hundió. Luego se inclinó y, apretando mis mejillas con su mano, me dijo,

-Me amarás, bebé, ya lo verás, pedirás mi crueldad, te entregarás a ella, serás mío, serás mi crucificado.

Pasó la mano por el pecho y abdomen y, con furia, hundió su dedo índice en mi ombligo. Con unas finas varillas se nos comenzó a bastinar. Los varillazos caían implacables sobre las plantas de los pies. Había leído que esa parte del cuerpo era sensible debido a la presencia de ciertas terminales nerviosas; no lo comprendí hasta aquel momento. Ambos aullábamos de dolor, llorábamos y babeábamos, implorando que se detuvieran. La locura y la confusión mental me impidieron pronunciar la palabra "crucim". Comprendí que no había escapatoria y que los alaridos no servían de nada. Los gritos son una manera de escapar del dolor, lo mismo que las lágrimas y el apretar los ojos y todas esas muecas que se hacen cuando sufrimos o sentimos dolor. De nada valía retorcerse, chillar o salivar, de modo que me doblé, me rendí, dejé que el sufrimiento invadiera mi cuerpo y atenazara mi espíritu. Dejé de gritar y hasta de moverme, sólo abrí los ojos lo más que pude, sin pestañar y la boca procurando resoplar rítmicamente. Miré a mi compañera. Ella seguía gritando y agitando su cabeza, histérica. Se me nubló la vista y el sudor frío, adrenalínico, me recorrió el cuerpo. Cuando el bastinado se detuvo quedé en el límite entre el desmayo y la conciencia. Veía que el pecho de la española subía y bajaba aceleradamente, estaba brillante de transpiración.
Sí, sí, estaba seguro de que no habría clavos. Todo esto era culpa mía, incluida la paliza a la joven. La idea del Club había sido mía y el escribirle a Julia también. No podría resistir nada más. Noté que Julia y el novio hablaban de nosotros. Tal vez encontraban que se les había pasado la mano. Nos quitaron de los cepos y nos dieron a beber un isotónico. Nos dejaron un buen rato allí, acostados en el suelo. Esto había sido suficiente, no me encontraba capaz de soportar algo más.
CONTINUARÁ.

viernes, 28 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 5 ).

Nos soltaron y nos acostaron de bruces, cuan largos éramos, en el suelo. Ambos respirábamos agitadamente, pero mi compañera parecía estar medio desmayada. Todo me daba vueltas. Pensaba en el dolor de esos verdaderos mártires cristianos, en los enjuiciados por la inquisición, en todos los torturados a lo largo de la historia por dictaduras infames y siniestros regímenes y en el mismo Cristo durante su flagelo. Me faltaba el aliento para pronunciar alguna palabra, la palabra "Crucim". Julia se acercó a mí y me dijo que aún faltaba más. Un castigo tan implacable no podía terminar en una crucifixión con clavos, estos habían sido compensados con el salvaje flagelo, de alguna forma había llegado a esa conclusión que calmó mi terror de ver traspasadas mis carnes por el metal. La joven no parecía reaccionar. Sentí una compasión tan grande por ella que haciendo un esfuerzo me moví, gateando, hacia donde estaba; no pensé en su novio ni en Julia ni en Sandra. Cuando le estaba sosteniendo la cabeza, Julia, agarrándome una oreja, me abofeteó fuertemente, provocando risas y comentarios en el público. Recibí una lluvia de cachetadas que reactivaron mi alicaído y herido orgullo, pero no lo suficiente para insultarla o gritar la palabra "Crucim" ya que la fatiga me lo impidió.
Julia me esposó las muñecas, una con otra por delante y, con la ayuda de Sandra, fui, otra vez, puesto con los brazos en alto y en punta de pies, con mi cuerpo estirado. Tenía frente a mí a mi verduga vestida de negro con una tenida deportiva que dejaba su vientre musculoso y sus brazos al descubierto, lo mismo que sus piernas. Me pregunté por qué usaba guantes ya que no rimaba con esa ropa de chica fitness. ¡Que piernas tenía!, morenas y llenas de nudos y pliegues musculosos como los de una ciclista; me dije a mí mismo que se habría visto genial crucificada desnuda, ¿lo habría pensado ella alguna vez, habría fantaseado con ser una crucificada?, nunca se lo había preguntado.
Comenzó a pasar las enguantadas manos por los vellos de mi pecho, como jugando con ellos, para luego pellizcarme las tetillas y retorcérmelas. A cada ay de dolor, ella me mandaba una implacable cachetada. Estuvo así tres o cinco minutos, no lo sabría precisar. Luego comenzó a hacer lo mismo, pero esta vez con mi escroto; lo pellizcaba y retorcía y luego reprimía mis quejidos con una cachetada. La cobardía y el miedo me invadieron al temer que golpeara mis pelotas o lastimara mi instrumento. La gente sonreía y vi que muchos se calentaban con lo que presenciaban. Noté como una mujer de unos cincuenta años comenzaba a acariciar la entrepierna de un tipo que estaba a su lado y a una joven rubia que recibía los manoseos de su novio en su espalda y trasero; la misma Sandra sobajeaba el culo a Julia mientras ésta me castigaba. Me espanté cuando la diabla sacó de no sé dónde un alicate ante el cual comencé a rogar piedad; mas, para mi sorpresa, me iba a aplicar una tortura que yo mismo había soñado innumerables veces y de la cual le había hablado a ella a través de las cartas. Con la herramienta agarraba gruesas matas de mi vello púbico y me las arrancaba, o me tiraba y retorcía de ellas hasta hacerme gritar. La excitación fue grandiosa y mi pene a media asta, subió otra vez a grandes alturas. Con dicho tormento mis quejidos podrían haber sido calificados de agridulces: dolor mezclado con placer. Era un sufrimiento perfectamente soportable no como el castigo demencial al que habíamos sido sometidos minutos antes. Después de eso, mi verduga me miró a los ojos y me besó los labios, pidió una botella de coca-cola semicongelada y me dió a beber un poco. Fue el trago de bebida más dulce y refrescaste que tomé en mi vida y, en ese instante, sentí que Julia era la mujer más maravillosa de la creación y el ser más digno de amar. Pero era otro de sus engaños, me había dado una tregua porque venía la segunda parte del vapuleo.
El sujeto arrojó un balde de agua sobre la chica, que aún estaba descansando en el suelo y, acto seguido, la tomó del cabello y le comenzó a propinar una seguidilla de bofetadas en la cara. El tratamiento fue similar al que me había dado Julia, aunque para mi gusto, mucho más cruel y excitante. La joven, atada de manos, era estrujada y sacudida de sus nobles tetas y parecía que cuanto más gemía el sujeto más duro le daba. También le arrancó pendejos del púbis usando el alicate. Luego de un cuasi estrangulamiento que la obligó a sacar la lengua, fue colgada junto a mí como la vez anterior, atados uno a otro por la cintura, pero en ésta oportunidad, espalda con espalda. Sentí la piel de la chica pero no su nuca, debía estar con la cabeza inclinada hacia adelante, avergonzada; no dejaba de sollozar y tampoco de recibir pellizcos en los pezones de parte de su cariñoso novio.
Ahora venía la azotaína por delante; ésta dolió tanto como la anterior y nuestros gritos se confundían. No se llevó la cuenta de los golpes, a pesar de eso tengo la impresión de que no fueron tantos y que pronto terminó. El público, esta vez, no aplaudió y estaba en silencio, mirándonos con ojos de borrego degollado. Debían estar impresionados o muy excitados. También se me ocurrió que habían adoptado una actitud de "respeto" hacia nuestro sufrimiento, a la vez que de admiración; era eso o estaba alucinando por tanto dolor que no terminaba. En una secuencia rápida, se me pasaron por la cabeza imágenes que había visto en el cine, de personas semidesnudas y torturadas; ahora yo estaba viviendo dentro de mi propia película. Había sido duro y a veces placentero, pero otra vez volvía la preocupación por el asunto de los clavos; no sabía si esa demoníaca Julia tenía preparado ese punto. De nuevo me auto tranquilizaba diciéndome que si era acostado en la cruz y veía los clavos entonces gritaría con todas mis fuerzas la palabra "crucim" , y todos habrían de respetar mi decisión.
¿Estaba la española dispuesta a ser clavada?. Era una mina tan delicada y bonita que ya no me parecía agradable presenciar la escena de ella retorciendo su desnudo y sudoroso cuerpo a cada martillazo; había recibido una paliza igual a la mía, pero el sufrimiento de ella lo encontraba mayor. Quería pensar que era víctima de ese bruto español, una chica tonta y con poca experiencia de vida que había caído en estos juegos por estupidez e inocencia; no era como yo que siempre había tenido esta fijación y estaba recibiendo lo que había buscado. Yo solito me metí en esto y ahora tengo que asumir así me cague de dolor- me decía. Julia parecía tener razón, ¿sería que el hombre era más digno de la cruz que la mujer?. De alguna forma yo me estaba resistiendo y no me iba a rendir; pero no, yo mismo había visto que cuando castigaban a la chica el público vibraba de lujuria, ella era el espectáculo y yo tan sólo el telonero. ¡Que siniestro¡ ahora que lo pensaba, las palabras de Julia tenían sentido; yo era el ladrón que estaba en segundo lugar en el cuadro de la crucifixión, y como ella había dicho, mi desamparo, ultraje, degradación y sufrimiento era mayor. Cuando pensé así, miré a mi verduga y vi que estaba dándose un apasionado beso con lengua con Sandra, parecían unas medusas siniestras o súcubos. Seguramente era una especie de tarado para ellas, un mero instrumento de su placer. Mi abismo se acercaba. ¡Que absurdos pensamientos¡ sin duda era un delirio provocado por el miedo; de nuevo aparecían los clavos, ¿y es que acaso no estaba la palabra de seguridad para salvarme?, ¿o es que me estaba gustando la idea de ser crucificado así?.

Julia se acercó a mí con un vaso de bebida y me dió a tomar, luego hizo lo mismo con la española. No podía ver en qué estado había quedado la chica, pero no sentía su nuca tocar la mía por lo que era dable suponer que seguía con la cabeza inclinada. Sentía su respiración entrecortada, ya sin sollozos.
La mano enguantada de la demonia súbitamente apretó mis mejillas lo que me produjo un sobresalto, luego hundió los dedos en el cuello, a la altura de las carótidas, mas el estrangulamiento no se prolongó; bajó su mano hasta mi pecho el cual acarició muy tiernamente.

-Lo haces genial, bebé, eres mi ídolo, mi Cristo personal, me vuelvo loca de excitación. Si llegas al final jamás te olvidaré- me susurró al oído. Su acento mexicano y las caricias me produjeron una calentura extraordinaria, pero otra vez, súbitamente cambió la actitud, ¡como se divertía conmigo¡. Me tiró de los vellos del pecho hasta que lancé un quejido momento en el cual me dió una cachetada. De nuevo aquel jueguito humillante. Siguió con las orejas, retorciéndomelas salvajemente hasta que me hacía gritar y de nuevo ¡plaf¡. Luego los vellos axilares lo que me produjo gran dolor por lo que se detuvo bastante tiempo allí en mis sobacos. Bajó al escroto para pellizcármelo y lo mismo. Cuando ya el vaivén de cachetazos y pellizcos me tenía a punto de llorar por la humillación, me corrió el prepucio hacia atrás y comenzó a apretarme el glande con sus dedos pulgar e índice lo que me hizo llegar a un remanso de placer. Julia me estaba dando una lección de cómo debía dosificarse el dolor intercalándolo con el gozo, compensando de esta manera una cosa con la otra. Ciertamente era una maestra y debía rendirme necesariamente ante ella.
La chica española fue desatada y yo continué allí con los brazos en alto. Su novio le dió de beber más líquido y también hizo el complemento respectivo de sobajeos y caricias; la joven suspiraba no sé si de placer o de cansancio, o por la dos cosas. Julia hizo un ademán de tomarla por el pelo a lo que el novio reaccionó. Le dijo algo al oído a mi verduga, creo que le recordaba la norma de que sólo él debía torturar a su chica.
Los cuatro estaban ante mí: mis dos castigadoras, el sujeto y mi compañera de suplicio atada de manos por detrás. A una señal de Julia, el español comenzó a cachetear a la joven brutalmente: le tiraba de las tetas, se las apretaba, le daba con el cable de caucho en las nalgas sin tregua. Ella, entremedio de un griterío y sollozos, se arrodilló en el suelo hasta quedar en posición fetal tratando de cubrirse del ataque. A otra señal de Julia, el tipo detuvo el castigo y en voz alta y para que todos escucharan me dijo,

-La paliza que le damos a ésta condenada no se detendrá hasta que no declames, en alta voz para que todos escuchen, una poesía en homenaje a ella, declarándole tu admiración. Los versos debes improvisarlos, no se te pide nada difícil, no debe ser algo sofisticado, incluso puedes incluir obscenidades y groserías, así te será más fácil.

No podía creer lo que escuchaba, era lo más insólito, absurdo, ridículo y humillante que podía imaginar.

-Te advierto que si dices la palabra de seguridad y te sales de "la pasión", no la liberarás a la condenada de la paliza y el resto del flagelo lo redoblaremos hasta que llegue al borde de sus límites.

-Estás loca, bruja de mierda.

Apenas dije eso, comenzaron a caer sobre la joven una lluvia de fustazos sin control.

-No recitaré nada.

Mi pene se había bajado y yo estaba realmente enfurecido, sólo me quedaba gritar "crucim". El novio, dejando el cable, hizo poner de pie a su novia llorosa y, tomándola de la punta de sus senos, comenzó a levantarla hacia arriba. El era muy alto y fuerte y ella baja. Tanto la levantó el hombre que la chica estaba en punta de pies cuando dijo a Sandra,

-Colgaremos a ésta guarra de las tetas, traedme una cuerda.

Al escuchar aquello la joven dió comienzo a unos chillidos desesperados a los cuales él respondía con salvajes sacudidas a sus pechos. El resto del público estaba muy callado e impactado. Sandra y Julia reían. La gente comenzó a mirarme y yo no sabía qué hacer. Esperaba que la chica gritara la palabra de seguridad para que todo se acabara, pero esperé en vano, ¡que masoquista era¡. Recitar atado de los brazos, empelotas, delante de toda esa gente y en esas circunstancias era algo demasiado humillante. Era una maldita perra esa Julia. ¿Qué hacer? no se me ocurría nada, ¿qué diría?. La creatividad se me había ido y los alaridos de la española no me ayudaban, sólo me ponían más nervioso. Esto ya no era erótico; debía improvisar algo rápido para la pobrecita. Julia había dicho que valía cualquier cosa aunque fuera obscena. Cerré los ojos, suspiré y me lancé.
CONTINUARÁ.

viernes, 21 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 4) .

Para ella era mucho más excitante, y hacía más sentido, el varón crucificado que la mujer.

-Por eso el hijo de Dios nació hombre, sólo un hombre es digno de sacrificarse de ese modo- decía Julia. El hombre está hecho para eso: es fuerte, tiene hombros, espaldas y brazos poderosos para resistir. El hombre ha nacido para luchar y dominar y por eso su suplicio tiene más sentido, hay una razón de ser: la humillación es real y vívida.Una mujer en la cruz no resiste, no está creada para luchar; seguramente, en la antigüedad, morían primero que los hombres (en la cruz); porque el varón, aunque no lo quiera, se resiste a morir y sufre más por eso. El hombre crucificado es la exaltación de lo masculino llevado al extremo, su suplicio lo hace digno, se pone a prueba su fuerza y su orgullo natural y es hermoso ver esa fuerza atrapada, en esa suspensión dolorosa, sin posibilidad de huir; es como amansar un caballo o dominar un toro. Tal argumentación me dejó perplejo, nunca lo había pensado de ese modo.

-Acepta y me derretiré de placer por ti- dijo Julia.
-Bueno, si es un teatro, un performance, podría pensarlo; me imagino que se usarán amarras ¿no?.
-Esto será algo real, mi amigo-

¿Qué significaba eso, que se usarían clavos acaso?. Yo no estaba dispuesto a algo así; era un procedimiento inseguro, con posibilidad de contraer infecciones, sin mencionar el peligro de romper un hueso, nervio, tendón o arteria. Yo no quería morir ni quedar lisiado; se lo manifesté y traté de parecer firme y decidido a no transar, ella sólo sonrió junto a Sandra y dijo,

-Te gustará y lo disfrutaremos todos- Me dio un suave beso en los labios cuando dijo aquello y agregó,
-Sé que irás, bebé.

La chica española que sería crucificada venía con su novio, él se encargaría de flagelarla y Sandra y Julia lo harían conmigo. Sería un castigo público, con los miembros del Club como espectadores, en una propiedad campestre de los alrededores de la ciudad cuyo dueño era socio del Grupo. Mi amiga había pensado en todos los detalles, era una excelente organizadora. "La pasión" comenzaría a las cuatro de la tarde. La chica y yo seríamos desnudados completamente y sometidos a humillaciones y abusos múltiples delante de todos. Sólo Sandra y Julia me castigarían y el otro sujeto lo haría con su novia. No habría penetraciones de parte de nuestros castigadores ni de los demás, pero no por eso el panorama que se avizoraba dejaba de ser escalofriante. Se nos azotaría con cables eléctricos, forrados con goma, por lo que habría mucho dolor pero tal vez nada de sangre ya que el caucho tiene la virtud -¡vaya virtud¡ - de romper por debajo de la piel, pero sin destruir ésta salvo que el golpe sea demasiado fuerte.

-Será delicioso verte llorar y pedir piedad a gritos.

Era tan suave la voz de Julia que resultaba increíble que estuviera pronunciando esas palabras.

-Pues te privaré de esa delicia porque no participaré de la "pasión"- dije.
Las víctimas no estarían obligadas ni secuestradas, en cualquier momento podrían salirse del performance gritando la palabra de seguridad que era "crucim".

Las torturas estaban programadas para durar media hora pero se podrían prolongar por más tiempo. Al terminar la azotaína "descansaríamos" por media hora más. Se nos bajaría a un pozo profundo mientras el Club se iría a tomar un refrigerio y a socializar dentro de la casa. Luego se nos subiría y comenzaría el trayecto hacia nuestro suplicio final. Deberíamos dar siete vueltas alrededor de la propiedad cargando nuestras respectivas cruces. La parcela era un cuadrado cuyos lados eran de 200 m cada uno. El sendero que seguiríamos estaría sembrado de trozos de cables eléctricos para provocar dolor en nuestros pies descalzos. Al terminar el periplo, seríamos crucificados mientras los socios disfrutarían de una jugosa carne asada al aire libre acompañados de vino y música, es decir, desde nuestro sufrimiento contemplaríamos su diversión y viceversa.
La idea de Julia era que finalmente la visión de nuestros cuerpos en la cruz desataría una orgía frenética entre los comensales y no se nos bajaría hasta que ésta terminara.
No podía creer lo que escuchaba de los labios de mi amiga. Lo que me estaba describiendo era casi un ritual satánico y perverso, demencial y terrorífico.

-Pero, ¿y se usarán clavos en la crucifixión?- Por toda respuesta Julia dijo,
-Sólo te digo que cuando te vea colgado de la cruz, sudoroso y angustiado, mis interiores se derretirán de placer, es más ya estoy mojada. ¿La tienes parada ahora, cielo? estoy segura que sí, y que ese día estarás allí para mí.

-te equivocas.
-es lo que siempre has querido y aunque te resistas terminarás en el suplicio. Te resistes, luchas contigo mismo, y desde ya estás atormentado; eso me gusta. Desde éste día sufrirás hasta el día de la "pasión" porque está en tu naturaleza rebelarte. Me gustas, no te imaginas cómo me gustas y eres perfecto para ser mi víctima. Desde hoy te perseguirá la ansiedad y el miedo, y eso que tienes debajo entre tus piernas no dejará de estar erecto hasta ese día; tu pasión comienza ahora.

Su mirada negra y la dulzura de su tono de voz pronunciando lo último, se quedaron en mi cabeza y no dejaron de repetirse durante las dos semanas que faltaban para el día de "la pasión". Me retiré inquieto, sin despedirme de ellas, indignado y con el orgullo herido.
Esas semanas fueron un infierno como profetizara Julia. No podía trabajar tranquilo ni mucho menos dormir; me salieron ojeras y andaba cansado y de mal humor. Ante el espejo me repetía a mí mismo que no participaría de esa huevada de la "pasión", que no era segura y que Sandra, Julia y todo el Club eran una tropa de locos depravados que podían irse a la conchadesumadre. Tenía pesadillas angustiantes al cabo de las cuales despertaba con el pene tieso y candente. Estaba viviendo un strés que me volvía loco. Abría mi correo electrónico todos los días para ver si Julia me había escrito y me quedaba horas ante la pantalla con ganas de escribirle que no iría, que se fuera a la mierda, que era un súcubo maldito, una bruja, una vampira horrible, una puta maraca.

Cuando toda esta mierda empezó, el grupo estaba reunido en torno a nosotros dos. La bruja demente de Julia, después de un corto discurso y la bienvenida a los asistentes, con la amabilidad y el encanto que le caracterizaban, procedió a inaugurar el encuentro internacional del Club Virtual. Abruptamente todo cambió, la "pasión" había comenzado.

La chica y yo, fuimos desnudados completamente a punta bofetadas e insultos, delante de los presentes. Todo el tiempo, el novio de la española se encargó de ella y Sandra y Julia, de mí. Hasta ahí nunca había imaginado la vergüenza de ser maltratado delante del público y totalmente empelotas así con las legumbres colgando y al aire. Cada muestra de pudor y vergüenza era sancionada por los verdugos con un pellizco, cachetada o sarcasmo. Estaba a punto de gritarle en la cara la palabra "crucim" a Julia, cuando la desnudez de la española me dejó paralizado. Era una joven extraordinariamente hermosa, de formas perfectas, trigueña, muy acinturada, de tetas y culo precioso, cabello largo, muy tonificada y de vientre plano. Cuando su novio la tomó del pelo con tanta brutalidad, hice un ademán instintivo de ir en su protección lo que significó que Julia casi me arrancara la oreja de un pellizco. Me hizo arrodillar sin soltarme la oreja y me obligó a decir públicamente que la obedecería. Ya no era de voz suave y cálida, y de su mirada sólo salía fuego y maldad. Episodios como este se repitieron durante media hora.
Ambos fuimos atados, uno junto al otro, con los brazos en alto, casi colgando y en punta de pies desde la rama de un árbol. Con los cables de caucho nos azotaron la espalda, los glúteos y la parte de atrás de las piernas. Eran golpes dados con brutalidad y en desorden; no los contaban y caían ininterrumpidamente y muy rápido. Eran insoportables. La chica gritaba y lloraba, y yo trataba de reprimir los quejidos con suspiros frenéticos. Después de un rato, Julia ordenó un alto y el público aplaudió como si se tratara de un espectáculo. Pero ¡qué digo¡ si eso era un espectáculo, pero el hecho de pensar que lo hacían para celebrar mi dolor me indignó; yo no era para eso, la fantasía se hacía realidad y no me gustaba.
Fuimos desatados, pero colocados de la misma forma (casi colgando y en punta de pies, con los brazos en alto) pero esta vez, nos amarraron uno a otro de pecho. Nos pasaron cuerdas a la altura de la cintura, del trasero y de los muslos. Quedamos pegados como dos siameses. Sentí los blandos senos de la joven en mi pecho, y mi pene quedó tocando su bajo vientre. La calidez del cuerpo femenino hizo que otra vez me arrepintiera de gritar la palabra de seguridad. Nuestros alientos chocaban y, a pesar de estar voluntariamente viviendo eso, ambos sentimos un pudor casi insoportable.Trataba de que mi aliento no llegara a la nariz de la chica, quien cerraba los ojos y la boca apretándola. Yo no quería contribuir al malestar y dolor de ella.
Sandra, tomándonos de la nuca, juntó nuestras caras, frente con frente, nariz con nariz, presionando con toda fuerza y diciendo en voz alta,

-Uy ¡como se aman¡ vamos, bésense, bésense el par de amantes.

Casi automáticamente miré de reojo al novio y él sólo reía como el sádico que era, al igual que toda esa gente voyeurista. Julia anunció que la primera golpiza que se nos había propinado era sólo un aperitivo para entrar en calor y que ahora se daría inicio al verdadero flagelo. Los presentes aplaudieron gustosos. Sandra y el novio se irían turnando en los azotes los que caerían uno después del otro alternativamente. Cada uno de nosotros debería ir contando en voz alta a medida que recibiéramos el azote; si no lo hacíamos o se estimaba que nuestras voces no eran lo suficientemente altas, se nos multaría con cuatro azotes más a cada uno. En principio se nos propinaría un total de veinte.
Los primeros golpes fueron tan dolorosos que sólo salieron alaridos de nuestras bocas. Los cuatro primeros no fueron contados por lo que la azotaína subió a 36; cuando Julia nos lo anunció creí que moriría. La chica pidió piedad, pero no dijo la palabra mágica. Íbamos contando a gritos. Contamos hasta treinta y seis. Los golpes eran enloquecedores, a veces se me nublaba la vista. Ambos tratábamos de movernos para escapar de alguna manera del dolor, pero sólo conseguíamos mover la cabeza y hacer feas muecas con nuestros rostros. Ya no me importaba exhalar en la cara de la española. En cosa de segundos nuestros cuerpos pegados estaban cubiertos de sudor. Decenas de gotitas de transpiración llenaban la frente y la nariz de la chica. Sentía el aroma de su aliento y de su cuerpo el que se mezclaba con el mío. Inevitablemente mi miembro se endureció, pero la vergüenza que debería haber aparecido fue desplazada por la angustia y el sufrimiento y no me importó refregarme en la piel de ella.

Cuando ya íbamos en veintinueve, la española estaba tan desfalleciente que apenas pronunció la palabra treinta de modo que de nuevo se nos sancionó y los treinta y seis subieron a treinta y nueve azotes. La joven tenía los ojos cerrados y de su boca semiabierta corría un hilillo de baba. Su cara se apoyó en mi pecho y yo comencé a besar su frente en un impulso de piedad y ternura que pronto se transformó en una suerte de locura que me fue poseyendo. ¿Sería el dolor? , ¿o el olor que despedía el cuerpo de la joven? , ¿o nuestros cuerpos mojados y pegados? el caso es que mis besos se convirtieron en babosos lamidos a su cara degustando su sudor y hasta su propia saliva y conforme iba recibiendo los azotes mi pelvis trataba de moverse punteando hacia adelante con poco éxito por las ataduras como una manera de encontrar una salida a ese enloquecedor sufrimiento a través de aquel impulso de ternura y lujuria aplastada. El término del vapuleo fue celebrado con más aplausos y también con burlas de parte de Sandra quien decía,

-Tenía razón, ustedes se aman, al final tenían que aceptarlo jajajajaja.

Nuevamente, tomando nuestras cabezas, apretó las caras, una contra la otra, procurando juntar nuestras bocas, pero el sentimiento de humillación que se pretendía causar se veía lejano e inofensivo para nuestro orgullo; tanto había sido nuestro sufrimiento físico que ya no nos importaba.
CONTINUARÁ.

viernes, 14 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 3).

“Estoy de visita en tu país, te espero en el café X, a las 12:00 AM del día X. Con Sandra queremos conocerte, hemos venido sólo a eso".
Ese era el lacónico mensaje firmado por Julia; no podía creerlo ¿sería verdad?. La vieja fea y sádica estaba aquí. Me dio escalofríos, no podía ser cierto ¡viajar hasta acá¡. Tal vez el motivo de su visita era otro y, de pasada, quería conocerme, o tal vez nunca fue mexicana y todo el tiempo estuvo cerca, o podía ser una broma de alguna ociosa. No quise contestar la misiva y estaba claro que no iría a la cita; y ¿si fuera víctima de un secuestro? y ¿si se trataba de alguna suerte de psicópata o algún tipo de mujer repulsiva?. Si todo era cierto, al menos sabía que era una sádica lujuriosa y eso me ponía a mil. Estuve días intranquilo, no podía dormir, trataba de imaginarme a Julia. Inevitablemente la vi con un vestuario típico mexicano, a lo Frida Khalo, bigotuda como ella en sus cuadros ¡que tontera¡; tendría una voz grave, amachada, sería una pesada a más no poder.Volvieron las pesadillas horrorosas y la fiebre ansiosa. Una buena paja cada noche arreglaría el problema, pero no quise recurrir a ella; indudablemente era un masoquista, esa tensión me gustaba y quería mantenerla viva y expectante.
Me presenté en el café X el día convenido y allí estaban, Sandra y Julia. Mi esperanza de que las cosas no fueran como las imaginaba se cumplió.
La verdad, ambas mujeres me parecieron bellas e interesantes, tanto que a primera vista me sentí emocionado; supe al instante cuál de ellas era Julia. Ambas vestían igual. Una pollera muy corta, negra con encajes, tipo mini falda; una mezcla de estilo gótico con sexy; sus hombros iban descubiertos y lucían un llamativo escote. Parecían dos putas esperando a su cliente. Julia era morena, de cabello negrísimo, largo y tomado en un moño; sus ojos eran oscuros y su piel canela brillaba como una estatua de bronce, su mirada era profunda; sus hombros y brazos descubiertos revelaban que era una fitness adicta a los gimnasios; tenía un busto regular y unas piernas musculadas de miedo; se notaba que su porcentaje de grasa corporal era muy bajo. Su cuello iba adornado con una cinta roja que la hacía ver arrebatadora y despampanante. Tenía un porte orgulloso. Lo único que la diferenciaba de Sandra, en cuanto a vestuario, era que llevaba guantes negros y unas argollas grandes que pendían de las orejas.
Sandra, no obstante ser más alta, no se veía con la misma prestancia. Era rubia y muy blanca, de ojos azules intensos, claramente gringa -de hecho era alemana- llevaba el cabello corto y su físico no era duro y fibroso como el de su amiga; era más redonda, curvilínea, tetona y culona, una mujer muy apetitosa, como para chuparla toda. Era también muy linda, ambas en su tipo eran hermosas.
Mis nervios me volvieron tímido de repente y no supe cómo abordarlas.

La mirada de Julia me atrajo como un imán y lo primero que dijo fue,

-En cuanto te vi supe que eras tú. Eres exactamente como te imaginé.

No había ninguna voz grave ni arrogante, ni siquiera autoritaria. De sus cuerdas vocales emanaba una suavidad y serenidad que con el acento mexicano se remarcaba. Cada una de sus eses bien pronunciadas eran miel para mis oídos y constituyeron un relajante para mi nerviosismo. Me sentí encantado, se había ido la ansiedad, incluso la excitación. Del semblante de Julia emanó una alegría de la cual me contaminé. Comenzó a hablar cosas baladíes que deshicieron rápidamente hasta el hielo más duro. Como Sandra se quedó seria y con la mirada baja, sin decir nada, y Julia parecía ignorarla, mi mirada se volvió interrogante en relación a ella. Julia me aclaró que Sandra era su esclava y que no le diera mayor importancia; le manifesté mi discrepancia al respecto ya que el encuentro era de a tres.

-Sucede que Sandra está un poco celosa.

Al decir esto, pellizcó en el brazo a la gringa la que, con una mueca de dolor, reprimió un quejido. El gesto de ambas me despertó el pene hasta ese momento en reposo. Sin duda y no obstante su suavidad, Julia era toda una dominadora.

-Sé que te parece fuerte esto, ya que te has hecho la idea de un encuentro de amigos y camaradas, pero a mí me gusta humillarla y a ella ser humillada. Es mi propiedad y hago lo que se me antoja con ella, pero no te apures, trataremos de aparecer delante tuyo como unas buenas amigas.

Ya me parecía que ellas debían tener una relación d/s y le pregunté a Julia si había venido a mi país para transformarme en su esclavo. Ella rió sin sorna y tomando mi mano cual gata mimosa me dijo:

-No, bebé, tú eres distinto, no servirías como esclavo, no tienes el tipo sumiso, eres ansioso, díscolo, huraño. Tú sabes a qué vine y estoy segura de que ambos cumpliremos nuestro sueño.

Si Julia tenía una esclava ¿por qué no la crucificaba a ella? o ¿por qué no buscaba un esclavo para crucificarlo? una mujer tan hermosa no tardaría en encontrarlo; se lo pregunté.

-Veo que no lo entiendes todavía. Traté de crucificar a Sandra pero me fue imposible, amenazó con dejarme, su sumisión acabó. No es lo de ella, ella es sumisa-esclava, no entiende, no logra asimilar mi fascinación por la cruz, la tortura y el dolor; no es una chica dolcett de las que aparecen en las caricaturas. De hecho la atormento pocas veces y en forma suave, ella goza más con el sometimiento que da la humillación y la servidumbre, goza con ser instrumento de otro, propiedad de otro, una cosa inferior a una persona; no gusta de ser atada, lo hago pocas veces y sólo cuando se porta mal. Para la cruz necesito a alguien que se sepa y se sienta persona, orgulloso, que se sienta vivo para que el dolor y el ultraje sea de verdad o lo más real posible y tú eres de esos, eres perfecto. Prefiero tener esclavas hembras, son mejores, y de los varones que han postulado para serlo ninguno ha tenido la fantasía erótica de la cruz de la manera como la soñamos tú y yo. Somos almas gemelas y por eso he viajado hasta acá, para que hagamos realidad nuestros sueños.

Esas palabras, dichas en un tono tan sedoso, despertaron de nuevo mi ansiedad lujuriosa, hasta me sentí mareado y con un ligero temor.

-No hay nada como ver a un hombre desnudo, recio, colgado de la cruz y con la cara descompuesta por el dolor, y tú eres perfecto y hermoso para eso.

Mientras lo decía, me acariciaba la mejilla, luego pasó su mano por mis hombros y pecho.

-Tienes el cuerpo exacto para la crucifixión: bajo de estatura, espalda ancha y delgado, te ves en buena forma.

Cada palabra que decía me hacía estremecer de miedo y excitación. Le aclaré a Julia que la fantasía que me quitaba el sueño, en la actualidad, era crucificar una mujer y que si bien alguna vez había pensado en ser un Cristo, ello había quedado en el pasado. Le expresé mis argumentos, seguro de que ella no los podría rebatir con fundamentos sólidos.

Durante mis fantasías eróticas de niñez, siempre fui yo el crucificado, el castigado, el condenado o el esclavo sufriente. Al llegar a la adolescencia la imagen fue sustituyéndose por una figura femenina víctima ante la cual asumía una actitud contemplativa de ensueño y romántica que me hipnotizaba y -por supuesto- a ellas recurría para pajearme.
El cine y la TV me proporcionaron las primeras figuras de mujeres atadas y cautivas. Por alguna razón, que en ese momento no comprendía, la imagen de la fémina doliente era extraordinariamente excitante, mucho más que imaginarme a mí mismo en el potro de estiramiento o en la cruz; nunca desaparecieron del todo dichas visiones, pero definitivamente encontraba más sublime y gozoso ver como sufría una mujer con su cuerpo sometido por una tela de araña gigante o atada a un árbol para ser azotada. De ahí a imaginármela en la cruz hubo sólo un paso.


La mujer era mucho más digna del sometimiento, pero no entendía por qué lo sentía así, de hecho en cierta medida me producía envidia. Con el tiempo, y conforme fui creciendo, racionalicé la cuestión y me postulé una teoría que encontraba apropiada para explicar el fenómeno. La mujer atada, colgada, crucificada o en las manos de King-kong está vulnerable, su delicadeza y todas aquellas cosas que la hacen linda y deseable se exaltan, aparece más estilizada, bella, digna de un martirio y logra conmover porque su femineidad queda más patente. El hombre, al lado de ella en la misma situación, aparece burdo, sencillamente ridículo, nada se exalta en él salvo lo feo y lo patético. La explicación no era muy convincente pero a mí me servía. Como no había desaparecido del todo la idea de ser yo el mártir, entonces fantaseé con la idea de ser crucificado junto a una chica, pero esta posibilidad era aún más remota que la de encontrar a una mujer para eso.

-Pues esa posibilidad, está a punto de ocurrir- dijo Julia.
En estos meses en que no habíamos tenido noticias, Sandra y Julia habían estado contactando a los integrantes del Club. Lo que yo no había podido hacer en dos años, ellas lo hicieron en meses. Habían activado el Grupo y casi todos sus miembros participaban asíduamente.


Se había fijado un encuentro internacional que tendría lugar acá, en mi país; el objetivo era conocernos y disfrutar de una crucifixión real en vivo. Todo estaba preparado: el lugar, los materiales, las personas que participarían y las víctimas. El evento sería llamado "la pasión".

-Una de las víctimas serás tú.

Debo haberme puesto pálido cuando escuché aquello, ya que un sudor frío recorrió mi cuerpo. Esto ya no era gracioso. Casi al instante expresé mi negativa y le recordé cuál era mi fantasía (yo el crucificador).

-Tenemos la oportunidad de realizar ambas, ya que la otra víctima será una joven española de 23 años. Mientras estés crucificado la contemplarás al mismo tiempo a ella en su suplicio: ambos dos, sufrientes y desnudos, como Dios los echó al mundo. Será hermoso, un ritual de dolor y placer, las dos cosas centrales en la vida humana, juntas y de la mano ¡genial ¡ ¿no te parece?

Casi me desmayo por el escalofrío y la calentura. Protesté por no saber nada de todos estos preparativos y porque no me encontraba digno de ser puesto en cruz, como ya se lo había explicado; entonces Julia me contra argumentó.
CONTINUARÁ .

viernes, 7 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA (Parte 2).

Le conté sobre las sensaciones que sentí al leer su carta y de cómo había comenzado con esto; de mis ansiedades y sueños que yo consideraba utópicos y del sentimiento de soledad que ha recorrido gran parte de mi vida al pensar, primero, que era el único en el mundo con estos fetiches, y luego cuando descubrí que no era así, mi desesperanza de encontrar algún día a alguien que compartiera mi sentir. Dijo comprenderme y que a ella le sucedía otro tanto. Nuestra correspondencia fue fluida y cada vez más escalofriante al tiempo que excitante.



El arte pictórico del renacimiento y del barroco con su larga letanía de imágenes de santas y santos martirizados habían sido, para Julia como para muchos de nosotros, su patrón de referencia.


Con respecto a la crucifixión de Cristo dijo calentarse con esas imágenes, pero agregó que su atención siempre se desviaba a los ladrones que acompañaban al salvador; era excitante, para ella, el hecho de que en muchos cuadros se los retrataba completamente desnudos y en absoluto abandono; la multitud curiosa no parecía reparar en ellos sino en la agonía de Jesús quien era el verdadero protagonista de la escena; el suplicio de aquellos se le antojaba mayor. La poca importancia de los delincuentes en el cuadro significaba (o ella así lo imaginaba) más humillación y desamparo, más dolor y ultraje, y más humedad en su vagina.


Quedé pasmado con la voluptuosidad sádica de Julia. Fui transparente al revelarle cada una de mis impresiones en relación al tema y a ella misma. Directamente la llamé, mujer sádica y cruel. Le conté de las furiosas erecciones que me provocaban sus cartas, de mi miedo, de mis pajas y de las horrorosas y sensuales pesadillas que llenaban mis noches desde que estuve en contacto con ella.



Cuando mencionó a su amiga Sandra sospeché algún vínculo lésbico-sentimental entre ellas, mas no quise preguntarle nada. Continuamos el carteo febril por muchas semanas escribiéndonos casi a diario. Intercambiábamos opiniones, imágenes, puntos de vista que alimentaron una cierta amistad, si es que a una relación cybernética puede llamársele así.

No me retiré del Grupo, pero ya no ingresé a su página. Julia me hizo la oferta sin que a pesar de la turbación que me causó, la tomara demasiado en serio. Me preguntó si deseaba ser su víctima; Sandra y ella me crucificarían luego de una prolongada sesión de torturas y flagelación. Con el pene enhiesto le respondí, en una carta lo que para mí significaba un performance de ese calibre; le señalé que sería revivir una antigua fantasía erótica que hoy se encontraba dormida y sustituida por la búsqueda de una chica que estuviera dispuesta, ella, a ser crucificada por mí. Traté de argumentar las razones que me impulsarían a imaginar vivir un teatro como el que ella me proponía; el significado del dolor como expresión del sometimiento y medio de comunicación para con el otro, y otras cosas por el estilo. Le dije que sí. Ella pidió confirmación y recalcó que, si bien podía ser llamado performance y hasta juego, no se trataba de ningún teatro. Entonces confirmé mi respuesta afirmativa bajo el presupuesto interno que sería poco menos que imposible que algún día nos reuniéramos en vivo Julia y yo, ya que jamás saldría de mi país. Después de esa carta transcurrieron varios meses -cuatro para ser exactos- sin que tuviéramos contacto; ella no escribió y yo, poco a poco, fui calmando mi excitación. Casi me olvidé de ella y también del club.
Para mí, dicho Club era una especie de sueño, de juego mental sucedáneo o trasunto de una peregrinación del alma y del cuerpo que había empezado en un tiempo que no acierto a precisar.


Los primeros recuerdos de la perturbación que me provocaban las imágenes de Jesús colgado de la cruz datan de los seis años de edad, extensiva esta inquietud a toda la obra pictórica y cinéfila que tenía como motivo los martirios de los cristianos, la esclavitud en la antigüedad y la de los negros, y las persecuciones de la inquisición. El suplicio de Santa Cecilia o Santa Eulalia, Quovadis, Juana de Arco, la serie de TV "Raíces" o la telenovela "La esclava Isaura", entre otros, fueron títulos de mis favoritos.
En la adolescencia ese imaginario adquirió un carácter sexual más consciente y coexistió con un sexo que podríamos llamar "normal", pero siempre estuvo esa inquietud y las interrogantes que planteaba la presencia del dolor, la crueldad y la voluntad de poder en la vida humana.


Había sido fascinante haber tenido toda esa abundante correspondencia con Julia y decirle que estaba dispuesto a un suplicio desde la comodidad de mi casa, seguro de que jamás la vería en vivo. Nunca había visto su rostro y ella tampoco el mío. Se me figuraba una mujer mayor que yo, de carácter fuerte, perversa, muy autoritaria, con una cara torva, amachada; en definitiva una vieja fea y bigotuda. Era consciente de que la fascinación que me había causado era producto de mi entera fantasía y lo asumía riéndome de mí mismo.

CONTINUARÁ.

sábado, 1 de noviembre de 2008

JULIA SÁDICA .


FLACH BAK: Falta una vuelta alrededor de la propiedad, queda poco, ya no doy más. Cada paso con mis pies previamente bastinados me significa un molesto dolor. Es cierto que me encuentro en buena forma, pero esta armazón de madera está demasiado pesada; mi espalda está curvada y mis hombros heridos por sostener, desnudos, la tosca madera. Este sudor que moja mi cuerpo me provoca escozor en las marcas que han dejado los azotes. Ir caminando completamente empelotas y cargando una cruz bajo las miradas de personas que apenas conozco es realmente humillante; la verdad, quisiera terminar con esto ahora. ¿Por qué me metí en esto?, porque te gusta, porque lo deseaste toda tu vida, huevón; sí, lo deseé toda mi vida, pero ahora estoy a punto de cagarme de miedo. Es extraño, estoy arrepentido de haber aceptado participar en la "pasión", pero no voy a dejarlo; en parte es por orgullo, por cumplir el compromiso adquirido y, por supuesto, porque me excita. Es el miedo, es la humillación y el dolor lo que morbosamente me calienta y, cómo no, la visión de la joven desnuda que carga su cruz delante mío; sus glúteos son grandes, duros y bien formados, están atravesados por unas cuantas marcas de azotes ¡que precioso cuerpo tiene¡ nada de más y nada de menos; posée las medidas perfectas y la belleza que da la juventud; va llorando la pobrecita; suplica, pide piedad, pero al igual que yo no ha anunciado su renuncia por la palabra de seguridad; también es una morbosa masoca. Nos hemos hecho compañía en nuestro dolor y humillación y seremos crucificados finalmente uno junto al otro. Chilla y chilla, su novio no deja de golpearle para que apure el paso ¡que abusador es¡. Yo también chillaría, como lo hice antes, pero no puedo, tengo una pinza en mi lengua que me obliga a tenerla afuera y la boca abierta; se me cae la saliva, ¡que vergüenza¡ los espectadores me miran con cara burlona, pero estoy seguro que muchos de ellos sienten envidia de mí, les gustaría estar en mi lugar.

La visión de la chica desnuda alimenta la erección de mi miembro ¡y todos estos mirando¡ parece que no soy tan exhibicionista como pensé; Julia lo sabía, en algún momento, al transparentar mi corazón, se lo rebelé y es por eso que me ha puesto este anillo o abrazadera en mis genitales; está muy apretado lo que hace que mi pene adquiera proporciones descomunales y un color morado; está a punto de reventar. Cada vez que me detengo para descansar, junto con los azotes, Julia da dos vueltas al tornillo apretando la abrazadera, ésa es la sanción por detenerme; la muy sádica disfruta con cada quejido mío. El miembro se me ha convertido en un pepino inmenso, violáceo, doloroso y seco; tan sólo una pequeña gota de líquido transparente se me escapa por la abertura de la uretra, hasta me cuesta caminar. ¿Usarán amarras o clavos?, Julia nunca me lo aclaró y eso causa mi pavor, estoy muy asustado.
¡Que buena idea ésta la de poner los cables eléctricos en el camino¡; cada paso con los pies descalzos se hace insoportable, lo que se aumenta por el peso de la cruz que cargamos. Ya estoy escuchando las risas de todos esos huevones que se han reunido en torno a la mesa preparándose para lo que viene. Tengo ganas de llorar, pero no puedo; ésta diabla de Julia tenía razón, mi orgullo me impide hacerlo y lucho por aguantarme. No sé cómo he llegado hasta aquí sin haber gritado la palabra de seguridad después de la tremenda paliza recibida junto a ésta mina española, ella me preocupa, tan delicada, tan frágil, sus gritos son desgarradores, pero también excitantes.

----------------------------------------------------------------

Cuando Julia me dijo que era mexicana de inmediato me la imaginé vestida con ropas típicas de ese país o con la fisonomía morena de Anita, otra ciber-amiga azteca (que era morena por cierto) pero esa imagen se borró al instante cuando me contó de su lujuria sádica para con los hombres.
Confieso que yo le escribí primero impulsado por mi curiosidad y mi morbo, preguntándole por qué estaba inscrita en el Grupo. Si era socia del Club era evidente que algún gusto sadomasoquista tenía; lo que me intrigaba era su condición de fémina. Pocas eran las mujeres del Club virtual, y de esas pocas tan sólo dos habían tenido alguna participación; una, enviando dos cuentos truculentos pero fantásticos, y la otra haciendo unas cuantas preguntas de respuesta bastante evidente. Las mujeres habían sido esquivas; múltiples podían ser las razones: miedo, desinterés, incomprensión, qué se yo. La verdad, sólo una vez tuve contacto virtual con una chica que fantaseaba con lo que convocaba al Grupo y, como suponía, su fantasía era la de ser crucificada desnuda, algo así como una Jesusa, una Crista; aquella chica desapareció en el ciber-espacio y nunca más supe de ella dejándome un dejo de nostalgia.

El Club me estaba aburriendo. Lo había creado hacía dos años, mas la participación era casi cero; los pocos que estábamos activos éramos varones. Estaba a punto de retirarme, pero antes decidí revisar la lista de miembros; así había encontrado a Julia. La había elegido al azar de entre las mujeres. Le escribí haciéndole la imbécil pregunta de por qué estaba en el Club, más exactamente si ella gozaba con imaginarse a sí misma en la cruz o siendo ella la verduga crucificadora. Me parecía increíble encontrar una mujer que gozara o soñara con ser una Crista, pero más inverosímil para mí era pensar en una crucificadora. Estaba claro que había mujeres dominantes que en el contexto de relaciones de d/s o de BDSM podían castigar a sus esclavos o sumisos crucificándolos, pero me era difícil pensar que lo hacían por una sensualidad sádica y fetichista como la planteada en el Club; había de esas dóminas en nuestro grupo, pero pronto lo abandonaban; no entendían el sentido del Club o esto no era lo suyo; por lo demás, algunos socios iban más allá de lo meramente sadomasoquista y le daban un sentido trascendente, estético y hasta místico -estilo Santa Teresa de Jesús- a nuestra extravagancia erótica.
Para mi sorpresa, Julia respondió mi carta. Me manifestaba con palabras de agradecimiento su alegría por el mail que le escribí, era muy gentil y florida en sus expresiones lo que contribuyó a que causara mayor impacto en mí cuando me contó, de sopetón, que su mayor deseo en la vida era estar al pie de un árbol del cual colgara crucificado un hombre desnudo, clavado en sus manos y pies, todo incómodo y doloroso y ella ante él, altiva, orgullosa y cruel, burlándose de su sufrimiento y con la entrepierna húmeda por la excitación. Cuando leí lo anterior, la piel se me puso de gallina, me estremecí de miedo, sorpresa, escalofríos, rematando en un endurecimiento del miembro viril. Calentura sexual, morbo y temor se entremezclaron; antiguas fantasías de horror y masoquismo de la juventud resucitaron y me estimularon a volver a escribirle.
CONTINUARÁ.

lunes, 27 de octubre de 2008

EL SUEÑO MORBOSO DE LA SIRENA .

Conocí a la Sirena a través de la red. Estamos lejos el uno del otro; yo aquí en el sur del mundo, ella en Europa. Coincidimos en tantas cosas que lamento la distancia que nos separa. Ella gusta del mar -de hecho vive cerca de la costa- lo mismo que yo.
-Me paso horas comtemplando el mar sin aburrirme - dice ella.
La llamo Sirena porque es su ser mitológico preferido. A ella le hubiera gustado ser una sirena, y a mí un navegante; diría, aunque suene cursi, que ambos somos soñadores. Sirena fantasea con ser una "Cristo-mujer"; con ser martirizada, así como a Jesús; flagelada, cargar el patibulum y crucificada desnuda y sudorosa en la loma de una colina. Yo también sueño con eso, ser el verdugo claro (y a veces el crucificado). Cuando sucedió la feliz coincidencia de encontrarnos ambos saltamos de felicidad; parecía tan increible que en el mundo pudiera existir una chica como ella. Fácil era imaginar a hombres con esta morbosa fantasía de la mujer desnuda en la cruz, de la reina salvadora sacrificada y coronada con el dolor, pero una mujer era pedir demasiado. Y bien, allí estaba ella, al otro lado del mundo, con similares sensaciones e inquietudes. Ambos reimos cuando comprobamos que a ella también le pasaba otro tanto. Para Sirena a muy pocas mujeres se les ocurriría ser una Jesusa en el suplicio y mejor no hablar de los hombres, nunca encontraría a uno que se solazara con una practica tan extravagante de una loca como ella y de mencionarlo a potenciales novios ni hablar. Tampoco se lo había contado a amigas.
Se demoró en mostrar su imagen, ya dije que Sirena es tímida ¿lo dije?. Pensé que era una mujer poco agraciada o algo madurona (y que me perdonen las maduras)si resultaba ser el caso a mí no me importaba; para mi fetichista y sádica fantasía bastaba que tuviera el deseo de sufrir en una cruz para ser la más bella de las ninfas, mas el regalo fue doble. Se trataba de una joven de 22 años, muy bonita, de tersa y clara piel, estilizada de cuerpo y con aficiones por el ejercicio físico.
Sirena me cuenta que acostumbra a hacer topless en la playa y que, en ciertos lugares solitarios, toma el sol completamente desnuda. Debo decir, como supondrán los espíritus obsevativos, que la joven es algo narcisa; ama su cuerpo, está fijada con él; lo cuida, lo mima; gusta de ser observada, aunque no es muy receptiva con los muchachos (ni con los hombres en general); dice fascinarle acariciarse ella misma mientras contempla el mar y la brisa le da de frente. Es bastante solitaria y muy unida a su hermana mayor. Presumo que es una chica consentida de sus padres, muy apegada a ellos, circunstancia que me enternece.


Sirena, no obstante su delicadeza, dulzura y timidez (porque es tímida, de eso estoy seguro, aunque no lo crean) es más morbosa que yo. Ella sueña con vivir una pasión real; ser crucificada a la romana, con clavos atravesando sus muñecas y pies, corona de espinas y azotes que rasguen su piel y machos brutos oprimiéndola. Dice no importarle que sus huesos sean rotos; ese dolor y exposición, señala ella, le provocaría voluptuosidad, o mejor dicho, una especial voluptuosidad. No sé si creerle, pero el asunto es que me hace soñar y conmover. Es curioso que ella no supiera lo que era el BDSM, al menos no conscientemente. Sirena también sueña con ser una esclava y vivir en un lugar y época en que no tenga derechos y sea considerada un objeto y eternamente encadenada; de hecho, cuando charlábamos, me preguntaba todo el tiempo si existía algún país en el mundo en que se practicara la esclavitud y la crucifixión como pena.

Digo que es más morbosa porque yo no sería capaz de hacer eso a una mujer (ni a nadie) claro que me gustaría tener sesiones sado con ella y ponerla en cruz, pero con amarras, de manera segura, crucificarla en la playa que tanto le gusta, bajo el abrazador sol y el viento acariciándole la piel. Seguramente nunca nos conoceremos en vivo ya que te esfumaste, Sirena y lo lamento. Desde este rincón mi homenaje.
---------------------------------------.
SIRENA: No me importa que se rompan mis huesos.

YO: Pero eso te va a doler muchísimo, no lo aguantarás.
SIRENA: No me importa si aguanto o no, sólo quiero sentir eso, vivirlo. No creo ser la única que tiene esas fantasías, sólo que las demás no lo reconocen.
YO: Te morirás ¿quieres morirte?.
SIRENA: No, no quiero morirme, pero si ese es el precio por ser crucificada, estoy dispuesta a pagarlo.
YO: No se si creer en lo que me dices, Sirena.
SIRENA: Si no me crees, es comprensible. Sólo te digo que desde chica me he imaginado ser yo la que va subiendo el calvario, fatigada, con los romanos encima, azotándome y yo gritando. Cuando llega la semana Santa es un suplicio para mí ya que no dejo de pensar en eso, no puedo dormir. El domingo de resurrección vuelvo a la normalidad.
YO: Pero si fueras una condenada en la antigüedad de seguro los soldados te violarían de manera bestial y tú, Sirena, eres tan joven y delicada, te harían de todo, eran muy abusadores ,¿estarías dispuesta a algo así?.
SIRENA: Si, estaría dispuesta a soportar todo eso para después ser levantada en esa cruz, desnuda ante la multitud que iría a fisgonear para verme sufrir y morir, ¡que feliz sería de que todos me miraran¡.
YO: Pero no serías feliz, tu dolor se volvería insufrible.
SIRENA: Lo se, pero me consolaría con el disfrute de los demás. Ahora no se hace, pero si las ejecuciones fueran públicas todos irían a mirar porque la gente es morbosa y disfruta con eso. Yo me sacrificaría para el gozo de todos ¿parezco una loca, no? , ¿lo estaré?.
YO: Eres increible, Sirena, eres una ilusión.

jueves, 23 de octubre de 2008

PALABRAS A CARMEN .

Carmen dice que le gustaría azotarme, pero azotarme como a Jesús -así de rudo el flagelo- para luego colgarme de la cruz por un par de horas a poto pelado, con los genitales al aire, completamente desnudo; dice tener un flagrum (es decir un látigo romano) para esos efectos. Carmen se fascina con las palabras humillación, dolor, alarido y sufrimiento; se excita al pronunciarlas y escribirlas y me excita a mí en su fascinación; me excita y a la vez me intriga, quisiera conocer más a Carmen, saber por qué es así. ¿Por qué eres así, Carmen?, Carmen ¿te gusta tu cuerpo?, ¿te gusta el cuerpo de tus torturados? o ¿ lo desprecias?, y si te gusta ¿por qué lo sometes a ese dolor?, ¿cómo te volviste una amante del suplicio de la cruz?, ¿eres mala, Carmencita o tan sólo juguetona?. Las preguntas que te hago son también preguntas a mí mismo. Ya que nos encontramos en este camino, nos debemos parecer en algo ¿no crees? ;¿qué te parece la palabra fetiche?, ¿crees que nos defina, que nos represente en algo?."Para gozar de la cruz, hay que hacerlo con humillación y dolor"; tomo esas severas palabras tuyas como la primera lección que me das. Quisiera que fueras mi maestra, algo me dice que tienes mucho que enseñarme sobre el dolor ligado a lo erótico. Me contaste que también habías sido crucificada, ¿fué muy doloroso?, háblame de tu humillación, de lo que pasaba por tu cabeza, de lo que sentías en tu cuerpo; quiero saber, lo confieso, soy morboso y, en cierto sentido, te envidio. ¿Es este un fetiche como otros?, ¿es esta una forma de vivir el sado distinta de las otras?, ¿tiene algo especial este tormento, algo que vaya más allá y que lo diferencie de los demás?, ¿qué piensas?. Personalmente creo que hay algo más allá, porque de algún recóndito lugar ha de venir nuestra obsesión, mas no se lo que es. Oriéntame, y ya que estamos en esta onda considera estas palabras como esas preces que rezan los cristianos pidiendo a Dios señales y puntos de referencia.
Te propongo algo, retrocedamos en el tiempo. Piensa en esas obras pictóricas del renacimiento y el barroco, aquellas que tanto te gustan, aquellas que representan la crucifixión del Salvador o el martirio de los primeros cristianos. Imaginemos uno de esos cuadros y metámonos dentro de él como si fuera una puerta a otro tiempo y dimensión. Ya estamos allí, Carmen ¡Mira que mundo es este¡ vestimos a la usanza de ese lugar y momento, el cielo aparece gris y triste. A lo lejos distinguimos unas cruces y a la multitud curiosa mirando a los condenados.


-¿Te gustaría unirte a esa turba, no? sí, a mí también me gustaría. Vamos a ver, Carmencita, vamos a ver a esos cuerpos torturados retorciéndose, vamos, no perdamos tiempo; apuesto a que tus interiores de hembra están convulsionados y ansiosos, se ve en tus ojos hambrientos y brillantes de curiosidad lujuriosa.


Cambiemos el cuadro. Ahora hay una mujer entre los crucificados; eres tú. Estás completamente desnuda; tus axilas, tus pechos de mujer, tu ombligo, tu sexo peludo, están a la vista de la multitud. Tu piel está salvajemente flagelada, te han fijado al madero con clavos que atraviesan tu carne viva, tus finos pies son los que más sufren porque, oradados, sostienen todo el peso de tu cuerpo. El dolor y la vergüenza te corroen. Tratas de escapar al sufrimiento, pero no puedes, cada intento sólo lo magnifica.


Te voy a mirar. Es delicioso verte, no puedo evitarlo. Te veo convertida en ese extraño árbol, hecho de madera y carne; tu carne, tu cuerpo. Un árbol que grita, que llora y que suplica piedad; tus brazos extendidos son las ramas; la sangre, las lágrimas y el sudor son la savia que se derrama. Eres árbol, ídolo, estatua viva y palpitante, adorada secretamente por la multitud.

Tercer cuadro: Te apresuras, recoges tu túnica para correr, debes llegar a tiempo para ganar un lugar; crucificarán a unos hombres en la loma de la colina, no te lo puedes perder. La gente ya se ha juntado, mórbida y lujuriosa; mirones que quieren saber, que desean ver, una vez más, lo que pasa a un cuerpo desnudo cuando los clavos se abren paso por entre sus nervios, huesos y arterias; lo que le acontece a un rostro cuando el dolor es mucho; populacho que quiere escuchar los bufidos y alaridos de los que pagan por sus crímenes y su actitud al verse humillados. Ya estás allí, Carmen. Yo, desde arriba, colgando de la cruz de tormento, te distingo entre la multitud. Aullo desesperado y me falta el aire. Cuando te reconozco y veo tu sonrisa sarcástica y la mirada ígnea mientras me angustio, sé que tus interiores se humedecen al verme desnudo y crucificado, entonces, sin poder evitarlo, mi falo expuesto se erecta a la vista de los espectadores.

-¡ oh, cuanta humillación, Dios mio¡
Todos rien y se burlan, tú también. Has venido deliberadamente a presenciar mi suplicio porque sabías lo que me pasaría al verte; lo has hecho para adicionar más escarnio a mi condena. Tus carcajadas resuenan en mis oídos y mi vista, junto a mi pene, se eleva al cielo escapando inútilmente del dolor y la humillación.

FIN .

jueves, 16 de octubre de 2008

SVETLANA SOLA , EN EL PUERTO PRINCIPAL (Parte final).

Su cuerpo le ardía por todos lados. Cada azote era como un fuerte jeringazo quemante ¡cuanto dolor¡, sentía que se ahogaba y que todo le daba vueltas. La manaza de ogro del rapado le impactó otra vez en la cara, era el aviso de que iba a hablarle.

-Te pondré unos adornos en tus tetas.
Tiró de sus pezones torciendo las areolas y les colocó, a cada una de ellas, una pinza; no fue gran cosa el dolor ¿sería porque no se comparaba con la golpiza que estaba recibiendo?. Cuando al señor X le ponía pinzas en las tetillas, él se quejaba, pero ella presumía que sus lamentos eran sobreactuaciones. Después de un minuto, los pezones también le ardieron lo que fue en aumento ¡que molesto era¡, el señor X tenía razón en sus quejidos.
El rapado agregó pinzas en los labios de su vulva y colocó una en la nariz. El ardor no tardó en llegar también a la vagina. Con la pinza de la nariz sintió que se ahogaba, no podía inspirar ni exhalar el aire ya que además estaba llena la boca por aquella bola.
La desesperación la hizo bufar con fuerza escapándosele algo de saliva por la comisura de sus labios, pero casi no pudo aspirar aire, paralelamente, los golpes y el ardor en la vagina y pezones se multiplicaban ¡cuanto sufrimiento¡, ¡que desgraciada forma de morir¡
Se miró al espejo y su cuerpo desnudo estaba cruzado por líneas horizontales rojas y otras violáceas.
Si no era la lujuria ¿cuál era su pecado?. Claro ¿cómo no lo había pensado antes?, el pecado de una puta no era la lujuria sino la codicia. El dinero la había llevado a convertirse en una prostituta de lujo y lo había ganado en abundancia, se podría decir que era exitosa en su oficio. A los 23 ya era dueña de un departamento con todas las comodidades, y de un automóvil, podría perfectamente haber pagado vacaciones en el extranjero. ¿Ese había sido su pecado?, ¿querer mejorar su situación económica? ¿aquella era la infracción a una norma moral? la infracción estaba dada por poner el dinero por sobre valores y personas, pero ella no era así, siempre que podía compartía su bienestar con sus cercanos; tampoco, jamás, perjudicó a nadie por conseguir dinero, al contrario. Se había acostado con Cristián y nunca le había cobrado porque él era un amigo y para ella eso era más importante que el precio de una cópula; si hubiese podido habría pasado la noche con el gótico, sin cobrarle, tan sólo porque le había simpatizado, sólo para hacerle un regalo a ese joven que la había acompañado en su soledad. Conclusión: ella no era codiciosa. Había resuelto venir al puerto rechazando a un cliente que ofrecía pagarle el triple para que ella lo sodomizara con un dildo. El dinero no era lo principal en su vida y ese no podía ser su pecado.
Un fuerte pinchazo le raspó la nariz. El rapado le había quitado, de improviso, la pinza; al instante inundó sus pulmones de aire hinchando su tórax e irguiendo sus pechos pinzados. Se miró en el reflejo del espejo: notó sus costillas que sobresalían por la acción del estiramiento y de sus pulmones inspirando aire lo que creaba un extraordinario vacío abdominal con el ombligo en el centro. Seguía pensando que se veía bonita a pesar de las circunstancias.
El hombre del pasamontañas le quitó las pinzas de los labios vaginales y se bajó los pantalones; enterró el pene en su agujero llenándola. El mete y saca fue lento y persistente, paralelamente el rapado había dejado de golpearle.
El violador comenzó a acariciar su frente y mejillas con delicadeza; pasó suavemente sus dedos por los rojos labios, hizo que cerrara los ojos y le extrajo la bolita de la boca. De pronto, ella sintió un beso y la lengua del hombre buscando la suya, en su bajo vientre Svetlana atisbó un leve cosquilleo que fue progresivamente subiendo. Abrió los ojos. El hombre se había quitado el pasamontañas. Ella retiró la cara tomando distancia, se desconectaron las lenguas ¡era Cristián¡, ¿cómo podía ser?, ¿cómo sabía dónde estaba ella?

-jajaja ¿te sorprendes?.

¿qué estaba haciendo Cristán con ese rapado neonazi?. Cristián le dio una cachetada y volvió a introducirle la bolita dentro de la boca sin darle tiempo a hablar.

-te lo dije, Svetlana, no debías venir sola a Valparaiso pero tú no hiciste caso, te crees autosuficiente, eres orgullosa y egocéntrica; pretendes prescindir de los hombres y te las das de femme fatal, deseas ser la diosa Afrodita, una princesa a la cual los machos deben rendir pleitesía y todo ¿para qué?, para tu vanidad, para tu ego, he ahí tu pecado, era algo más simple y más complejo a la vez . Vanidad es la palabra y su hermana es el orgullo.
No puedes, ni debes estar sola, Svetlana, ya ves las consecuencias. Ahora eres la princesa caída, una diosa que será sacrificada. Bebe tu cáliz amargo, veremos si resucitas, pendeja de mierda, mocosa pretenciosa.

Cristián la abofeteó una vez más, con todas sus fuerzas; esta vez las lágrimas de Svetlana fueron más abundantes que nunca, pero sus sollozos eran ahogados por la bolita en la boca. El dolor fue más allá de lo físico.
Las embestidas pélvicas de Cristián se hicieron violentas. Ella observó que el rapado se desnudaba; su verga era increiblemente grande, su grosor tenía dimensiones gigantescas; eso no era posible, era anormal ¿podía existir un pene de diámetro igual al de una botella?

-pelao, acabemos con ésta, dale por detrás- dijo Cristián, mientras le ponía a Svetlana la bolsa de plástico en la cabeza.
Había llegado la hora del fin. Su propio amigo la mataría. Sintió que los dos hombres la apretaban espantosamente. Comenzaba el ahogo. La verga gigante del rapado le rompería las entrañas. El culo trataba de abrirse mas no podía dejar pasar esa enorme masa de carne. El dolor se volvía insufrible, se destrozaba por dentro, prefería morirse ahogada, pero la asfixia se le hacía inaguantable; que me rompa el culo, no, la asfixia, no, el culo ¡por Dios¡, no quiero morir, no quiero este dolor, deseo gritar y no puedo, me ahogo, AUXILIOOOOO.


Cuando despertó, la almohada estaba encima de su cara antes de caer a un costado. Estaba totalmente desnuda sobre la cama, tenía el tubo del dentífrico dentro del ano y cuatro dedos de su mano derecha trataban de abrirse paso en la vagina. Su cuerpo entero estaba sudoroso y había mojado la cama, aún le corrían lágrimas. Se incorporó y sacó a los invasores de sus agujeros. Tenía un fuerte dolor de cabeza y el estómago se le revolvía. Debía ir al baño. Caminó hasta él pero antes de llegar al WC, vomitó un líquido con olor a alcohol y jugos gástricos. Todo se le oscureció por unos segundos y luego estaba en el suelo. Sudaba helado y su cuerpo sucumbía a una galopante fatiga.
Estaba claro, ya había amanecido, de pronto tocaron la puerta.

-Señorita ¿está ahí? ¿está bien?.
Quiso contestar mas no pudo sacar la voz. Se arrastró por el suelo desnuda, gateando llegó a la puerta y la abrió. Era el anciano de barbas blancas y su mujer, los dueños del camping. Ella se desmayó.
Cuando despertó estaba en la cama con su camisón. La mujer del anciano le daba un refrescante jugo de frutas.

-Bébaselo todo, hija, el doctor dijo que por hoy no podía dejar de beber, está deshidratada por la insolación y el alcohol que tomó anoche. En el velador hay una crema refrescante recetada por el médico, le ayudará a calmar la fiebre que tiene en su piel. Usted es muy blanquita, parece gringa, no debió asolearse tanto.
-gracias, señora.
-en la mañana escuchamos con mi marido, unos gritos y quejidos, vinimos a ver y supimos que tenía una pesadilla. El Doctor dijo que había sido por la fiebre ¡pobrecita¡. ¿vino sola a "Laguna Verde" ?
-sí.
-una niña tan joven y bonita no debe andar sola.

Entró el anciano, saludó a Svetlana y le dijo:

-puede quedarse acá hasta mañana, no le cobraremos. El Dr dijo que debe descansar y tomar mucho líquido. Mi señora la atenderá. Para nosotros no es molestia, nos gusta tener gente joven. Nuestros hijos están lejos y les cuesta mucho visitarnos.
-Muchas gracias, no se preocupen, les pagaré, tengo dinero, han sido muy amables. Además he tomado una decisión, me quedaré por dos semanas y les haré compañía.
-nos dará mucho gusto, señorita.

Svetlana se miró al espejo, sus ojos estaban enrojecidos al extremo, al igual que su piel. Se sentía afiebrada, los labios estaban resecos e hinchados, estaba fatal, todo el cuerpo le dolía. Tomó el teléfono celular y llamó.
-Aló ¿Cristián?, hola, me quedaré dos semanas en la costa, acompáñame por favor, te necesito, mi amigo.
-Allá voy, mi princesa eslava.

FIN.